Ágora |
Por Mª JOSÉ SÁNCHEZ LERCHUNDI |
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La obsesión de la intensa Hipatia de Alejandría por buscar la razón de las cosas renunciando a casi todo tuvo la elipse como recompensa. Poca cosa, dirán algunos, a cambio de toda una vida. Pero el caso es que ella consiguió su objetivo: avanzar, llegar un poco más allá. La elipse (“los de letras” lo sabremos ahora mejor que nunca) es sinónimo de parábola (también de alegoría, de narración imaginada y didáctica) y hasta parece ser que encierra el concepto de excentricidad. Buena metáfora, buscando aquí el por qué de ciertas cosas, para explicar en gran parte la trayectoria del propio Alejandro Amenábar. En poco más de una década Amenábar ha desplegado un recorrido sencillamente ejemplar. Cinco largometrajes han sido suficientes para confirmarnos su gran nivel de artista polifacético, elegante, superdotado... y curioso empedernido. Visualmente Ágora está llena de atractivos técnicos y estéticos, derrocha imaginación, destreza y poderío. Y conceptualmente es una aventura, una rareza, un riesgo que abruma en principio por su osadía y conforta luego por su inspiración. Una vez más, el director se deja llevar por su curiosidad, por su instinto, se tira en plancha, se la juega... y sale, más que airoso, triunfal, de esta excéntrica pirueta, si por excéntrico se entiende lo singular y lo distinto. Una escena tras otra, se suceden aquí tomas fantásticas (excepto las de jugar al Google Earth, qué manía!...) unidas a soberbios movimientos de cámara, diálogos magníficos, geniales metáforas... y una extraordinaria dirección de actores que hace perfecto –empezando por la espléndida Rachel Weisz– el trabajo de todos ellos. Se nota que hay simpatía, conexión y hasta algo de hechizo colectivo en un proyecto, un órdago, tan atrevido y felizmente tan logrado. Mª José Sánchez Lerchundi
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