Ángeles y demonios * * * |
Por Mª JOSÉ SÁNCHEZ LERCHUNDI |
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Inevitable comparar las dos entregas de las archivendidas hazañas místicas de Dan Brown. Y lo curioso es que si la primera (la más impactante y mejor escrita) obtuvo una traducción cinematográfica claramente fallida, esta consigue mejores resultados y sale casi favorecida. Es cierto que las expectativas de la película anterior eran desmedidas así que, superada la decepción inicial, resulta que Angeles y demonios, planteada en tono menos trascendentalón y con su carga comercial abierta en canal, ofrece cierta proporción narrativa, más fuerza, y llega a enganchar. Es un producto “light”, muy de nuestro tiempo, y el quid de la cuestión está precisamente ahí, en el punto de partida: Ron Howard ha medido esta vez la distancia entre un mero pasatiempo (lo es también la novela) y una improcedente lección de moralina; así que ha traducido a Dan Brown en clave de juego, un discreto laberinto intelectual que va sumando vistosos ingredientes, desde un presunto simbolismo historicista a una no menos presunta conspiración de clérigos o, el más improbable aún, hallazgo de la antimateria. Para ser sinceros: entre escenarios francamente espectaculares (Roma, siempre tan agradecida), un buen trabajo de Tom Hanks, que se cree más su papel, y las escasas ínfulas que se adjudica, el relato gana en ritmo y agilidad. Tiene, como la primera entrega, mucho de aventura, algo de misterio, poco de historia...y afortunadamente nada esta vez de romance banal. Si Indiana Jones arrasó en los ochenta y noventa con sus exóticas peripecias, Robert Landongbien dosificado puede erigirse en las próximas dos décadas como el impecable héroe urbanita. Mª José Sánchez Lerchundi
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