| Babel: Abrazos de sufrimiento y amor |
Por
JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN |
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Babel es el tercer largometraje del cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu, y ganó en el Festival de Cannes 2006 los premios al mejor director, el del Jurado Ecuménico y el técnico para su montaje. Tras obtener numerosos galardones de la crítica estadounidense, y el Globo de Oro al mejor filme dramático, opta ahora a siete Oscar 2006: Mejor Película, Director, Guión Original, Actor de Reparto (Rinko Kikuchi), Actriz de Reparto (Adriana Barraza), Música y Montaje. El elogiado autor de Amores perros y 21 gramos prosigue aquí su personal indagación sobre el dolor humano, su posible valor y su radical influencia en la vida de tanta gente, que va dando tumbos sin recursos morales que le ayuden a encararlo. En esta ocasión, su habitual rompecabezas de tragedias se desarrolla entre Marruecos, Estados Unidos, México y Japón. En una región perdida del país magrebí viven dos hermanos adolescentes, que trabajan como pastores. La inconsciencia de estos chavales musulmanes, al probar un fusil en el desierto, afectará directamente a un matrimonio estadounidense en viaje de reconciliación. Mientras tanto, los dos hijos de este matrimonio en crisis —un niño y una niña pequeños— viven una traumática odisea en compañía de su encantadora niñera chicana, que decide llevarlos con ella a México, a la boda de uno de sus hijos. A miles de kilómetros de allí, en Tokio, una joven sordomuda —hija del dueño originario del fusil de la primer historia— intenta ahogar en sexo la angustia que le provoca su discapacidad y la reciente muerte de su madre. Fiel a su afán de conmover al espectador hasta las entrañas, González Iñárritu no le ahorra unos cuantos momentos desagradables, sobre todo en la subtrama de la chica japonesa, donde cae en un excesivo exhibicionismo sexual. De todas formas, la “pugna entre libertad y necesidad” que muestra la película, con su consiguiente chorreo de sufrimiento y purificación, nunca abandona una vigorosa perspectiva moral. Desde ella, el cineasta mexicano recuerda al hombre contemporáneo —individualista y hedonista— el escandaloso desafío del dolor, connatural a cualquier amor y en manos de un destino o una providencia aparentemente crueles, y que a menudo no obedecen a los designios de la libertad personal. Este sufrimiento obliga a los personajes —y al espectador— a enfrentarse con la angustia creciente de la soledad, con la posibilidad redentora de la trascendencia y, sobre todo, con la necesidad imperiosa de ponerse en el pellejo de los demás… y abrazarlos. Todo esto lo desarrolla González Iñárritu con su habitual potencia visual y musical, y con unas interpretaciones prodigiosas, desde la mexicana Adriana Barraza a la joven japonesa Koji Yakusho, pasando por los niños marroquíes, la siempre magistral Cate Blanchett y un Brad Pitt que incendia la pantalla como en los viejos tiempos. No esta nada mal, sobre todo en comparación con tanta comedieta superficial y tanto culebrón perplejo o nihilista.
Jerónimo José Martín
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