Biutiful

                                                      Por JOSEMANUEL ESCRIBANO  




Director: Alejandro González Iñárritu. Productor: Fernando Bovaira, Alejandro González Iñárritu. Guión: Alejandro González Iñárritu, Armando Bo. Intérpretes: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Eduard Fernández.


González Iñárritu
es un director ya consagrado en Estados Unidos –no digamos en Méjico, su país- por sus tres primeros títulos: Amores perros, 21 gramos y Babel. Ha trabajado con compatriotas y con grandes intérpretes americanos, y ha desarrollado un estilo propio, de tensión creciente e historias cruzadas, deudor en gran parte del magnífico trabajo de su guionista, Guillermo Arriaga. Con su actual película, Biutiful, coproducción hispanomejicana que asalta nada menos que al Oscar de lengua no inglesa, mantiene su estilo y su identidad, pero ha cambiado de guionista y se aleja de esas estructuras complicadas para centrarse en un único protagonista y un solo escenario; efectuando, eso sí, la disección con un acerado bisturí, sin contemplaciones ni medias tintas, de las gentes, los múltiples personajes que lo pueblan y atraviesan.


Por las calles oscuras, los tugurios, las pensiones de mala muerte y los sótanos enmohecidos de una Barcelona encanallada y crepuscular, pululan traficantes, mafiosos, policías corruptos, subsaharianos esclavos del top-manta, chinos escondidos con sus máquinas de coser, prostitutas de mísera tarifa, y supervivientes de mil batallas de asfalto y polvo blanco. Pobres gentes que pelean con sus vidas al filo del desastre, el hambre o la deportación: González Iñárritu nos dibuja el paisaje de la inmigración, la cara más amarga del desarraigo y la incomprensión. Como en Amores perros, vuelve a desarrollar aquí un elemento social: en la civilización de la opulencia, los inmigrantes son, como él dice, gente invisible, lo último en la escala humana; y dentro de esa graduación de la indiferencia, todavía hay clases, hay opresión, hay siervos y esclavos. Y como en esa primera película, y en las otras dos, se trasluce la que debe ser la principal obsesión del director: la muerte. El final de una vida, truncada por accidente o malicia, el peso tan leve del alma fugitiva, el fin desnudo de todo y el principio a la vez de una infinita nada que desconocemos y nos asusta.


Uxbal, el protagonista de esta crónica, es un hombre cercado por la enfermedad y sus adicciones, y un luchador irreductible por su familia y sus creencias: pocas y ciertamente turbias, pero firmes e inviolables. Trapichea, coloca ilegales en tareas imposibles, organiza mafias pequeñas de control fácil, saca dinero de donde menos se piensa, pero conserva su espíritu de clase y su conciencia, aunque adormecida y visionaria. No es extraño, entonces, que Uxbal sea capaz de hablar con los muertos ni de que entienda y distinga la oportunidad o la impertinencia de la muerte. Personas crédulas le pagan por descifrar el mensaje póstumo de sus allegados, pero él no se aprovecha de ese dolor: lo conoce, lo asume y también se rebela angustiosa, inútilmente, cuando se presenta de repente, agrediéndolo y llenándolo de rabia y confusión. No teme por él, pero sí por sus seres queridos: sus pequeños hijos asustados, la mujer desolada que una vez compartió su vida, su hermano, cercano y desconocido a la vez, sus amigos…


Tremendo relato, película incómoda y quizá imperfecta en sus momentos de desmesura, en su tono incesantemente agónico; pero también llena de verdad y de profunda emoción en el atisbo de unas gentes que nos resultan incómodas y que quisiéramos poder ignorar. Y en el retrato de esta sociedad insolidaria y corrupta, y de este hombre que sobrevive en ella mientras le quedan fuerzas para respirar; este Uxbal fieramente humano, solitario a su pesar, perdedor porque quiere, que se debate contra su presente demoledor y su futuro más que imperfecto, desafiando a la muerte con su voluntad y un atisbo de dignidad entre la miseria y la corrupción. Es un personaje arrasador, y atraviesa la pantalla con la jeta de triste fauno envilecido de un portentoso Javier Bardem.

Josemanuel Escribano