| Borrachera de poder: lección de cine |
Por
JOSÉ MANUEL ESCRIBANO |
|
En su currículum hay obras maestras y títulos capitales como El bello Sergio –su debut, en 1958-, Les cousins, Landrú, Marie Chantal..., La mujer infiel, El carnicero, La década prodigiosa, Pollo al vinagre, Días tranquilos en Clichy, La ceremonia, Rien ne va plus, Gracias por el chocolate, La flor del mal... Nadie como Chabrol indaga en el alma humana para mostrar sus más íntimos recovecos, esos donde a veces anida la semilla de la perversión. Y nadie como él sabe extraer de Isabelle Huppert, su actriz favorita en esta última etapa –siete película juntos ya, desde Violette Nozière en 1978-, todo el potencial de sensibilidad, ironía y dureza que encierra dentro de su aparente fragilidad. Ella es aquí Jeanne Charmant Killman –el sentido del humor de Chabrol hace posible la barbaridad de esos apellidos-, una juez de instrucción encargada de un asunto de lo más turbio: un importantísimo hombre de negocios, presidente de un grupo industrial con implicaciones económicas, sociales y, cómo no, políticas, de muy largo alcance, está en el punto de mira de la justicia por la gestión, bastante cuestionable, de todos esos negocios. La película se abre con la advertencia de que lo que vamos a ver, como suele decirse, no tiene más relación con la vida misma que la pura casualidad... Y, naturalmente, el aviso funciona exactamente en sentido contrario. La juez manda detener al presidente y se enfrenta a él decidida a llegar al fondo de la verdad. La verdad, claro, es escurridiza y tiende a escaparse, ramificarse, esconderse entre una madeja de evidencias y secretos, influencias, personajes y relaciones cada vez más oscuras y de mayor alcance. Pero la juez Charmant Killman es implacable. No descansará, pondrá en jaque empresas e instituciones y no le importará incluso hacer peligrar su salud y hasta su estabilidad conyugal. Chabrol no abandona ni un solo momento a su personaje, y nos la muestra en su doble recorrido: tras su mesa oficial, revestida de la autoridad, la frialdad y hasta el sarcasmo frente a sus cada vez más debilitados contrincantes, y en su vida familiar, que se va deteriorando según progresa su afán profesional, no la deja dormir, y acaba con su intimidad en el dormitorio y fuera de él. El director planifica, además, con dos procedimientos diferentes: en la intimidad, los personajes aparecen juntos, dentro del campo que permiten los escenarios reales; en el Palacio de Justicia, por el contrario, Chabrol se sirve del contracampo para mostrar alternativamente a los declarantes y a su inquisidora. Y también la narración marca dos tiempos dramáticos: la acción que se desarrolla y progresa en el juzgado, y las actividades y los comentarios paralelos que la van puntuando y explicando. Esta estructura crea un ritmo interno de asombrosa exactitud, en el que nada sobre ni falta. El cine de Chabrol es la perfección: si un tráveling es una cuestión moral, como decía Godard, en Chabrol cada plano es un canon, cada fundido una sugerencia, cada secuencia un teorema, cada elipsis un trozo de vida. Una vida auténtica, casualidades aparte, es lo que vemos: la de la juez severísima, casi inhumana, que según se acerca a la verdad y va dominando más resortes, cree poseer el poder, cuando es el poder quien la posee a ella. Como esto es la vida, no hay moraleja. No hay ni siquiera una apuesta moral, y los últimos planos de la película son tan reveladores como desconsoladores; pero el maestro Chabrol no está aquí para darnos una palmadita en la espalda, sino para meternos, a poco que nos descuidemos, un dedo en el ojo. Eso sí, la amenaza viene servida en bandeja de lujo: una lección de cine. José Manuel Escribano
|
|
|
|