| Brokeback Mountain |
Por
JOSÉ EDUARDO RUBIO |
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A pesar de la lejanía geográfica de sus orígenes, no existe nadie mejor que Lee para adentrarse en el dolor silencioso que anida en el gran mito del Oeste americano, del anquilosamiento de un universo cerrado y pionero que forjó el último imperio hasta la fecha y cuya estela continúa vigente en nuestros días. Un mundo cuyas pétreas leyes morales no se encuentran tan lejos de dictaduras bananeras y jerarquías militares, de despotismos ilustrados y opresiones monárquicas. Aunque su opresión se dirige al interior del ser humano y apela a la tradición y a la vergüenza para anular los sentimientos que sueñan con desbocarse. No es la primera vez que Lee ahonda en el western (la ignota Cabalgar con el diablo), las relaciones homosexuales (El banquete de boda), las sociedades anglosajonas (Sentido y sensibilidad, La tormenta de hielo), la ocultación de las turbulencias amorosas (Tigre y dragón) o la rebelión de las pasiones frente a la tradición (casi todas las anteriores). Pero el desafío de Brokeback Mountain se multiplica al introducirse en uno de los núcleos de histórica virilidad del cine y por ende, de la memoria colectiva, objeto de burlas fáciles y chistes malos y con peligrosa tendencia a la mofa de las plateas si se hubiera puesto en manos de algún limitado artesano con ínfulas (¿alguien ha dicho Ron Howard?). Pero el cineasta asiático ya ha demostrado con creces que es un gran narrador capaz de contar historias de tiempos y latitudes remotas como si las hubiera vivido en primera persona.
Cada plano, cada secuencia de agreste intimidad y ruidosa compañía, cada quejosa nota del score de Gustavo Santaolalla, las poderosas transiciones y, sobre todo, la extraña conexión con sus dos protagonistas (incluso en el caso del ávido y seductor heterosexual que firma esta crónica) componen un ritmo de hermoso crescendo tan infatigable como el afecto de Ennis y Jake, armónico en todos sus elementos. Y el frescor de las obras superiores se aprecia al comprobar que los cinco sentidos se contagian de las hogueras, peleas, abrazos, de los amargos diálogos y los diáfanos gestos. La mirada del gran Lee, tradicional y moderna, convierte en transparente su silencioso alegato a favor de la tolerancia, de la ebullición romántica y sentimental como auténtico motor vital del hombre frente a las insidias contra natura de los ancestrales castradores. Y nos vuelve a regalar otra de sus fascinantes historias de amores imposibles y alientos mutilados. Más allá de géneros y órganos.
José Eduardo Rubio
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