Director: Rodrigo Cortés . Productires: Adrián Guerra, Rodrigo Cortés. Guión: Chris Sparling. Fotografía: Eduard Grau. Música: Víctor Reyes. Montaje: Rodrigo Cortés. Intérprete: Ryan Reynolds.
Segunda película de Rodrigo Cortés, que ha dejado a todo el mundo con la boca abierta. A mí me gustó mucho su ópera prima, Concursante, que ganó en Málaga hace tres años el premio de la crítica; aunque después hiciera una carrera comercial regular, por eso de que el cine español aquí no nos parece importante… Cortés tiene un estupendo currículum como cortometrajista, y ahí ha forjado ese oficio y ese saber que demuestra en sus dos largos. Enterrado ha ganado también el premio de la crítica en el festival de Deauville, además de dejar muy buena impresión en Sundance y Toronto; y acaba de empezar.
Es una película de argumento mínimo, pero estremecedor. Paul Conroy, un transportista americano que trabaja en Irak, ha sido secuestrado y enterrado vivo, aunque magullado y maniatado, en un ataúd de madera bajo la arena del desierto. Cuando comprende su terrible situación, intenta una búsqueda desesperada de salvación. Sólo cuenta con un teléfono móvil, su mechero y alguna cosa más –una linterna titubeante, una petaca, una pequeña navaja- que sus captores le han dejado… con toda la mala intención del mundo. Y no hay más: un único protagonista, un único escenario. Y qué escenario… Una caja de madera no muy resistente por la que se cuela arena al menor empujón, restringiendo todavía más el espacio y, consiguientemente, el oxígeno del que Paul dispone. Un planteamiento de auténtica película de horror, que conecta inmediatamente con uno de los terrores más elementales del ser humano: el de parecer muerto sin estarlo y ser enterrado vivo, por error u omisión de sus parientes y allegados. Aquí no hay error sino maldad y eso provoca el primer pánico del espectador.
Paul inicia una trágica carrera contra el reloj, ayudándose fundamentalmente del móvil, que no tiene mucha batería pero que le sirve de momento para establecer contacto con el exterior. El magnífico guión de Chris Sparling –que nadie quiso en Hollywood, hasta que cayó en las manos de Rodrigo Cortés- se recrea entonces en mostrar la incapacidad humana, la insolidaridad y los peligros de las modernas comunicaciones: los teléfonos están apagados, saltan los contestadores, los servicios de emergencia se enredan en estúpidas burocracias, la empresa se desentiende descarada y despiadadamente de su empleado, los agentes del gobierno son lentos y mentirosos... Y por el teléfono entran, por si fuera poco, las amenazas y las órdenes crueles de los captores, que incluyen la realización de un vídeo que coloca las imágenes del secuestrado en los ordenadores de todo el mundo, mientras él mismo ignora su localización y padece su angustiosa situación.
Un panorama. Pero la sabiduría de Cortés –autor también del magnífico montaje- hace que estas circunstancias, perfectamente dosificadas, permitan un respiro en el patio de butacas. El horror cede paso a una estupenda maquinaria de suspense cinematográfico, en el que juegan todos los elementos temporales y físicos: la linterna agota su pila, el móvil su batería, la identificación del lugar se complica, la arena entra, el oxígeno se agota, los sentimientos se desbordan.
Rodada en poco más de dos semanas, en orden cronológico y con un par de licencias visuales de corte simbólico, la película es un “tour de force” para su director y, desde luego, para su intérprete. Ryan Reynolds está encerrado entre las maderas, a oscuras y solo durante todo el metraje. Oímos otras voces por el teléfono, percibimos unas escasas y tremendas imágenes que sacuden su pequeña pantalla… y no hay más. Formidable interpretación, iluminada –es un decir- por la sensacional fotografía de Eduard Grau y acompañada por la muy potente banda sonora de Víctor Reyes; todo aquí funciona como un reloj. Con media docena de cortos y estos dos largometrajes, Rodrigo Cortés se revela como un maestro. Si alguien lo duda, el tiempo me dará la razón.
Josemanuel Escribano
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