Closer: El regalo que vino del teatro
                                                                                          Por SILVIA GARCÍA JÉREZ


Ven, acércate. Más, más aún. Todavía estás lejos. Venga, no tengas miedo, atrévete. Eso es. Ánimo. Ya casi. A ver… Vale, ahí perfecto. Pues vamos allá. Pero, ¿estás preparado?

       Porque Closer, el último trabajo de Mike Nichols, es una película sorprendente, de las que te dejan descolocado, pero con el sabor de boca final de haber asistido a una sesión de buen cine, del mejor tal vez. Tremendamente adulta, algo a lo que la cartelera no suele estar muy acostumbrada, por desgracia, la cinta explora de una forma inteligente el modo en que la sociedad, representada por dos parejas que a lo largo de los años se

enamoran y se engañan entre ellas, entiende y vive las relaciones sentimentales y sexuales hoy en día. A éstas últimas se acerca especialmente, de ahí el título original en inglés, que significa "más cerca". De hecho tanto, que sin llegar a ser visualmente pornográfica, sí lo es desde el punto de vista dialéctico. Tiene que serlo, a las cosas hay que llamarlas por su nombre y el guionista, Patrick Marber, autor también de la obra teatral en la que ha basado el texto cinematográfico, no se corta un pelo a la hora de dar detalles.

       Con esto no quiero decir que la película sea zafia, al contrario. Ese es otro de los aspectos de ella que sorprenden, porque el sexo está tratado con una elegancia inusual, y es un lujo, una rareza, ver que en un largometraje norteamericano se le da la vuelta a la habitual grosería que rodea al tema tabú por excelencia, al que presentan siempre como algo escatológico con protagonistas quinceañeros y desesperados que nada saben de él.

       La pregunta que surge ahora es: ¿y qué hay de las consecuencias de una vida alocada e irresponsable? Las muestra, sí pero pertenecen ya, en la cinta al menos, al terreno de lo sentimental y al daño que sin duda provoca el engaño. La película no juzga, sólo nos deja acercarnos (de nuevo referencia a su gran título) a un cachito de las vidas de quienes la protagonizan, a la sazón, tres estrellas del firmamento cinematográfico, como son Julia Roberts, Jude Law y Natalie Portman, y un cuarto en discordia, Clive Owen, que, sin llegar a serlo aún, va camino de convertirse en otra. Los cuatro están brillantes, es difícil decantarse por uno, aunque como la competición está presente allá donde se mira, y además estamos en tiempos de premios, injusto sería que Natalie Portman no los obtuviera todos. Al menos, para no exagerar, cuantos más mejor. Porque se los merece. Porque si bien su papel es el más agradecido, no es menos cierto que el talento de esa chica, a la que hemos visto crecer en la pantalla, ha estado en ella desde siempre.

      No es de extrañar la calidad interpretativa. Mike Nichols es un magnífico director de actores, y debido además a su trayectoria en el medio teatral, resultaba ser el nombre idóneo para llevar a acabo el trabajo. El propio Nichols convenció al autor de la obra para que le cediera los derechos y la adaptara al cine, dándole la libertad que las anteriores ofertas recibidas le negaban. Desde luego, para quienes lo desconocíamos, una vez ilustrados con este dato es fácil asociar el guión con un texto inicialmente concebido para las tablas de los escenarios, pero el resultado final es tan espléndido que ni por el lado de las localizaciones —exteriores en Londres o interiores construidos para la ocasión—, ni por el del director, que adopta soluciones cinematográficas como el flashback para ilustrar una conversación presente, sería posible asegurar que no fue una historia nacida para la pantalla grande. En cualquier caso, venga de donde venga, ahora todos disfrutamos de Closer. Ya está convertida en película, ya tiene un formato universal y de sencillo acceso. El cine se merecía un regalo así. Y nosotros también.

Silvia García Jérez

 

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