Crash
                                                                                          Por JOSÉ EDUARDO RUBIO



Un grupo de personas de diferentes razas luchan por superar sus miedos a medida que entran y salen de la vida de los demás. En la zona gris entre el blanco y el negro, donde todo el mundo es víctima y agresor, todos colisionarán durante las próximas 36 horas.

A la manera del Grand Canyonde Lawrence Kasdan y con no pocas miradas furtivas a Altman y Paul Thomas Anderson (¿quién iba a pensar que los impasses musicales sobre imágenes de los protagonistas se iba a convertir tan pronto en un lugar común del cine coral?), el guionista Paul Haggis debuta en la dirección con un oportuno (¿oportunista?) relato del pánico a la diferencia, de la inseguridad cotidiana

del mosaico racial y étnico, de la desconfianza colectiva de un mundo en el que los instintivos actos de agarrar con fuerza el bolso, tocarse la cartera, soplar la cucharada de sopa y protegerse de los balonazos balompédicos se han multiplicado hasta la paranoia, han transformado las mochilas olvidadas en terroríficos objetos y han puesto bajo sospecha a todo aquel que tenga un tono de piel diferente.

No hay nada nuevo en lo que Haggis nos cuenta, pero su accesible caligrafía y el estupendo ritmo con el que se engarzan una serie de anécdotas y peripecias transcurridas en un breve período de tiempo facilitan el acercamiento a un film que parece haber retomado a tiempo la olvidada e imprescindible premisa de no aburrir jamás. Todo esto se agradece, y mucho. Lo que ya resulta más dudoso es que Crash (al parecer a sus creadores se les olvidó que ya existía una reciente obra maestra de David Cronenberg con el mismo título) sea una gran película, como algunos avispados critiquillos se han apresurado a vendernos.

Crash adolece de las habituales carencias del realizador novel, del guionista en piel ajena y algunas más. Un exceso de diálogo, en ocasiones teñido de inesperados soplos corrosivos –los tarantinescos punchlines de los delincuentes negros- y en otras de obvia presentación de personajes; una sencilla estructura para no comerse mucho la cabeza; un excesivo número de historias y un reiterado abuso del azar en la conclusión de los conflictos.

Pero también posee curiosas virtudes: una atmósfera de realidad y cercanía inusual en el cine estadounidense, extraña y casi inexplicable en su sencilla diatriba, un discurso coherente hasta sus últimas consecuencias y la elaboración de unos personajes humanos y creíbles, que surgen de las raíces del universo del tópico, pero que acaban mostrando complejidades, contradicciones y arrebatos tan humanos y reconocibles que logran reclamar la comprensión y el perdón del espectador.

Crash es una obra de visión única, incapaz de resistir la atención de una segundo vistazo, hecha para ver y olvidar. Un fruto con las espinas al aire, con el dolor del alma demasiado expuesto, fácil de tragar, de buen sabor y escaso contraste, sin sutilezas ni atragantamientos durante su masticado, con algunos impactos emocionales de escaso recorrido que agradará a casi todo el mundo y que confirma la solvencia de la pluma de un bienintencionado autor, que con honestidad y algunos desatinos, se ha lanzado a una interesante aventura que no ha de ser despreciada.

 

José Eduardo Rubio