| Crash |
Por
JOSÉ EDUARDO RUBIO |
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del mosaico racial y étnico, de la desconfianza colectiva de un mundo en el que los instintivos actos de agarrar con fuerza el bolso, tocarse la cartera, soplar la cucharada de sopa y protegerse de los balonazos balompédicos se han multiplicado hasta la paranoia, han transformado las mochilas olvidadas en terroríficos objetos y han puesto bajo sospecha a todo aquel que tenga un tono de piel diferente. No hay nada nuevo en lo que Haggis nos cuenta, pero su accesible caligrafía y el estupendo ritmo con el que se engarzan una serie de anécdotas y peripecias transcurridas en un breve período de tiempo facilitan el acercamiento a un film que parece haber retomado a tiempo la olvidada e imprescindible premisa de no aburrir jamás. Todo esto se agradece, y mucho. Lo que ya resulta más dudoso es que Crash (al parecer a sus creadores se les olvidó que ya existía una reciente obra maestra de David Cronenberg con el mismo título) sea una gran película, como algunos avispados critiquillos se han apresurado a vendernos. Crash adolece de las habituales carencias del realizador novel, del guionista en piel ajena y algunas más. Un exceso de diálogo, en ocasiones teñido de inesperados soplos corrosivos –los tarantinescos punchlines de los delincuentes negros- y en otras de obvia presentación de personajes; una sencilla estructura para no comerse mucho la cabeza; un excesivo número de historias y un reiterado abuso del azar en la conclusión de los conflictos. Pero también posee curiosas virtudes: una atmósfera de realidad y cercanía inusual en el cine estadounidense, extraña y casi inexplicable en su sencilla diatriba, un discurso coherente hasta sus últimas consecuencias y la elaboración de unos personajes humanos y creíbles, que surgen de las raíces del universo del tópico, pero que acaban mostrando complejidades, contradicciones y arrebatos tan humanos y reconocibles que logran reclamar la comprensión y el perdón del espectador. Crash es una obra de visión única, incapaz de resistir la atención de una segundo vistazo, hecha para ver y olvidar. Un fruto con las espinas al aire, con el dolor del alma demasiado expuesto, fácil de tragar, de buen sabor y escaso contraste, sin sutilezas ni atragantamientos durante su masticado, con algunos impactos emocionales de escaso recorrido que agradará a casi todo el mundo y que confirma la solvencia de la pluma de un bienintencionado autor, que con honestidad y algunos desatinos, se ha lanzado a una interesante aventura que no ha de ser despreciada.
José Eduardo Rubio
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