Diario de un escándalo: duelo de intérpretes
                                                                                          Por JOSÉ MANUEL ESCRIBANO

 



Director: Richard Eyre. Producción: Scott Rudin, Robert Fox. Guión: Patrick Marber. Intérpretes: Judi Dench, Cate Blanchett, Bill Nighy.

Scott Rudin es un hombre que sabe mucho de cine; es el productor de Venus y The Queen -que están en cartelera ahora mismo-, y también de Closer, Las horas, Iris, Las cenizas de Angela y Sleepy Hollow entre otras muchas. Ahora se ha fijado en una novela de Zoe Heller para construir este proyecto a la mayor gloria de sus dos grandes protagonistas, y se lo ha encomendado al director de Iris precisamente, el veterano Richard Eyre, curtido en las lides de la televisión británica y el teatro. Sobre las dos artistas gravita todo el peso del argumento.

 

Judi Dench es Barbara Covett, una estricta profesora, al borde de la jubilación. Cate Blanchett es Sheba Hart, recién llegada al mismo colegio, carente de experiencia pero sobrada de atractivo. Barbara no tarda en fijarse en ella, primero desde el recelo, pero en seguida con su apoyo profesional y una creciente cercanía. Sheba se siente agradecida y no duda en recibir a su colega incluso en su círculo familiar; su marido, también profesor y bastante mayor que ella, su hija adolescente y su hijo con síndrome de Dawn, no sospechan de la atenta y correctísima compañera de su madre y esposa.

Tampoco Sheba sospecha que la amabilidad de Barbara esconde un tremendo miedo a la soledad, además de un carácter posesivo y absorbente. Por desgracia para ella, Barbara descubrirá muy pronto el tremendo secreto que esconde la vida de su joven amiga, y que la va a dejar literalmente en sus manos. Sheba ha cometido una equivocación, se ha dejado llevar por una ilusión irresistible, y ahora Barbara tiene la llave de su destino y su futuro profesional y familiar, y puede jugar el papel que quiera: juez severa, cómplice pasiva o amiga comprensiva. Cuando escribe en su diario, temblando de alegría, sabemos que será las tres cosas.

 

 

 

"Tengo la facilidad de que todo el mundo me cuente sus problemas; pero ¿a quién le cuento yo los míos?" ha escrito Barbara en las páginas de la libreta que resume y explica su vida. Ese es su temor, el miedo a la soledad, a la ancianidad y a la muerte sin la compañía de una presencia amiga, una mano en que apoyarse, un cuerpo cercano al que abrazar. Y ahora atisba una posibilidad, aunque sea a costa del más rastrero chantaje afectivo.

 




El guión desemboca entonces en un mar de pasiones, que lleva la película muy cerca del género de terror. Hay una protagonista, prácticamente indefensa, y hay un ser maligno que la acosa, acomete y vampiriza. Los elementos exteriores anteriormente presentes -el ambiente colegial, los apuntes familiares, el reflejo de una sociedad posiblemente clasista y encorsetada-, quedarán oscurecidos por la fuerza de la obsesión enfermiza y el espíritu depredador de Barbara. Es una mujer casi desesperada por la soledad, que se sabe en una penosa recta final, y que no va a cejar en sus propósitos.

Aturdida, austada y debatiéndose entre sus deseos y su miedo, Sheba no sabe resistirse -no hay ninguna convicción moral en su conducta- al asalto, disfrazado de comprensión, de su captora. Hay momentos tremendos, en los que la condición de ese acoso ya se ha revelado, pero que ella se sabe incapaz de resolver. Y hay, por supuesto, una situación crítica, un hecho casual pero terrible, que va a desencadenar el doloroso desenlace.

El primer desenlace, porque se sucede una cascada final, en la que los autores tienen esa oportunidad de llevar el relato hacia una conclusión un poco más aceptable -desde el punto de vista dramático-, y por ello también más previsible. Y más acorde con el tono de la película, que, dentro de su carga emocional y su aparente incorrección social, no deja de esconder una cierta simplicidad, más atenta al brillo de los caracteres que a la hondura del argumento. Pero ese brillo, eso sí, es muchísimo: Judi Dench y Cate Blanchett nos vuelven a brindar excelentísimos trabajos de interpretación, convirtiendo sus personajes en seres vivos, aténticos, atrapados por sus pasiones, sus emociones y sus miedos. Por ellas, sobre todo, -y por la estupenda banda sonora de Philip Glass- la película merece la pena.

José Manuel Escribano

 

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