El guión desemboca entonces en un mar de pasiones, que lleva la película muy cerca del género de terror. Hay una protagonista, prácticamente indefensa, y hay un ser maligno que la acosa, acomete y vampiriza. Los elementos exteriores anteriormente presentes -el ambiente colegial, los apuntes familiares, el reflejo de una sociedad posiblemente clasista y encorsetada-, quedarán oscurecidos por la fuerza de la obsesión enfermiza y el espíritu depredador de Barbara. Es una mujer casi desesperada por la soledad, que se sabe en una penosa recta final, y que no va a cejar en sus propósitos.
Aturdida, austada y debatiéndose entre sus deseos y su miedo, Sheba no sabe resistirse -no hay ninguna convicción moral en su conducta- al asalto, disfrazado de comprensión, de su captora. Hay momentos tremendos, en los que la condición de ese acoso ya se ha revelado, pero que ella se sabe incapaz de resolver. Y hay, por supuesto, una situación crítica, un hecho casual pero terrible, que va a desencadenar el doloroso desenlace.
El primer desenlace, porque se sucede una cascada final, en la que los autores tienen esa oportunidad de llevar el relato hacia una conclusión un poco más aceptable -desde el punto de vista dramático-, y por ello también más previsible. Y más acorde con el tono de la película, que, dentro de su carga emocional y su aparente incorrección social, no deja de esconder una cierta simplicidad, más atenta al brillo de los caracteres que a la hondura del argumento. Pero ese brillo, eso sí, es muchísimo: Judi Dench y Cate Blanchett nos vuelven a brindar excelentísimos trabajos de interpretación, convirtiendo sus personajes en seres vivos, aténticos, atrapados por sus pasiones, sus emociones y sus miedos. Por ellas, sobre todo, -y por la estupenda banda sonora de Philip Glass- la película merece la pena.
José Manuel Escribano
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