| ¿Quién dice que es fácil? |
Por
JOSÉ MANUEL ESCRIBANO |
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Son representantes ilustres del nuevo cine argentino –nuevo, desde finales de los 90-, que nos llega de la mano de Mignogna, Bielinski, Campanella, Piñeyro, Agresti, Puenzo, Bauer, el mismo Sorín, Burman y este Taratuto, que con ese apellido parece predestinado a la comedia. También el físico de Peretti lo hace idóneo para el género, con su nariz de imposible seriedad, su mirada parapetada siempre tras las gafas –como Groucho, como Allen- su capacidad verbal –que los guionistas explotan, también en un estilo muy cercano al maestro neoyorkino- y su expresividad gestual... No hace falta recordar el éxito, también, de Tiempo de valientes, la temporada pasada, basada sobre todo en la comicidad de este actor. Todo esto, no lo vamos a ocultar, huele un poco a fórmula... Y algo de eso hay. Taratuto y Peretti repiten un esquema conocido, ahora de la mano de Solarz, que no logra la altura de su anterior guión ni tampoco, en mi criterio la de la primera película del dúo. Seguramente que el título lo expresa bien –aunque se refiera a otra cosa-, porque, evidentemente, no es fácil dar en la diana. Este argumento de ahora cuenta la historia de Aldo, un maniático perfeccionista que regenta una estación de servicio, que se entretiene con sus amigos en apasionantes campeonatos de scalextric y que quisiera que su padre, viudo y a punto de la jubilación, fuera como él.
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Evidentemente, aunque él no se lo confiese a sí mismo, esto último es lo que decide la balanza a favor de la joven. Claro que Aldo tiene oportunidad de arrepentirse cuando comprueba el estilo de vida de la chica, su capacidad para organizar fiestas, la evidente promiscuidad en la que se desenvuelve y el peligro para su integridad mental –y también física- de tenerla tan cerca. Mucho más cuando se entera de que ella está embarazada y además ignora de quién y, para colmo, eso no parece importarle en absoluto. Hasta este planteamiento y su subsiguiente juego de pánico, seducción, acercamiento y choque, la cosa funciona bastante bien. Es cuando el argumento se abre al conflicto mayor, las ideas nada convencionales de Andrea respecto a la convivencia y, sobre todo, el embarazo y el parto -que ella entiende de una forma “natural” muy distinta a lo que le parece natural y lógico a él- cuando la escritura chirría un poco, los personajes pierden algo de rigor, y aunque algunos se sostienen sobre la base de la verosimilitud cómica –toda la secuencia, escalonada, de Aldo con su asistenta como imposible terapeuta–, otros resultan tan marginales las intervenciones de Guillermo Toledo y Laura Pamplona no tiene más justificación que la coproducción, que restan interés a la historia en vez de complementarla. No hay, en fin, demasiada sorpresa. Ni tampoco un arrebato de originalidad; todo queda como un poco ya visto.., sólo que lo de antes era algo mejor. Te ríes, sonríes, agradeces el esfuerzo y confías en que la próxima argentina, seguro, volverá a ser estupenda. José Manuel Escribano
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