El discurso del Rey

                                                      Por JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN

 


 


The King’s Speech

Director: Tom Hooper. Intérpretes: Colin Firth (rey Jorge VI), Geoffrey Rush (Lionel Logue), Helena Bonham Carter (reina Isabel), Guy Pearce (rey Eduardo VIII), Jennifer Ehle (Myrtle Logue), Derek Jacobi (Cosmo Lang), Michael Gambon (Jorge V), Timothy Spall (Winston Churchill), Anthony Andrews (Stanley Baldwin). Guión: David Seidler. Producción: Iain Canning, Emile Sherman y Gareth Unwin para The Weinstein Company, UK Film Council, Momentum Pictures, Aegis Film, Molinare, Filmnation Entertainment, See-Saw Films y Bedlam. Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Danny Cohen. Montaje: Tariq Anwar. Diseño de producción: Eve Stewart. Vestuario: Jenny Beavan. Distribuidora: DeAPlaneta. País: Reino Unido. Año: 2010. Duración: 118 min. Género: Drama histórico.

Tras una dilatada experiencia televisiva —en series como Byker Grove, Cold Feet, Elizabeth I o John Adams—, Tom Hooper dio el salto al cine con la intriga policiaca Red Dust (2004) y la tragicomedia costumbrista The Damned United (2009), películas notables en las que demostró dos de las cualidades esenciales de los buenos cineastas: rigor en la dirección de actores y una gran facilidad para extraer emoción de las situaciones más cotidianas. Gracias a esas virtudes, este cineasta londinense, nacido en 1972, logró crear unos cuantos personajes entrañables, de esos que tocan la fibra sensible del espectador y se instalan en su memoria cinéfila.

Ahora, en El discurso del rey, Hooper confirma esas cualidades, las robustece con una elegante y fluida puesta en escena y logra una de las películas más redondas de los últimos años, reconocida ya con unos cuantos premios de la crítica y con siete candidaturas a los Globos de Oro: Mejor Película Dramática, Actor (Colin Firth), Actor de Reparto (Geoffrey Rush), Actriz de Reparto (Helena Bonham Carter), Director, Guión (David Seidler) y Banda Sonora (Alexandre Desplat). Además, por su argumento, da continuidad al reciente subgénero sobre la familia real inglesa, generado por películas como Su Majestad, Mrs. Brown, The Queen o La Reina Victoria.

Esta vez, la acción se desarrolla en los años 30 del siglo pasado y tiene como protagonista al Príncipe Alberto (Colin Firth), segundo hijo del Rey Jorge V de Inglaterra (Michael Gambon). Apodado Bertie en el seno de la familia real, padece tartamudez desde la infancia, un defecto que le acompleja y que limita enormemente sus intervenciones públicas. Su esposa Isabel (Helena Bonham Carter) y el propio Winston Churchill (Timothy Spall) le animan a acudir a todo tipo de especialistas; pero ninguno consigue hacerle hablar con fluidez. Hasta que un día conocen al excéntrico logopeda australiano Lionel Logue (Geoffrey Rush). Inicialmente, los singulares métodos de Logue irritan a Bertie; pero, poco a poco, van haciéndose amigos y avanzan en la terapia. La situación se complica aún más con la muerte del rey Jorge V, la escandalosa abdicación del rey Eduardo VIII (Guy Pearce), la ascensión al trono de Bertie con el nombre de Jorge VI de Inglaterra y la declaración de guerra a la Alemania de Hitler. El país necesita desesperadamente un líder, y el rey y su logopeda tienen muy poco tiempo para conseguirlo a través de un histórico discurso del monarca a toda la nación.

A pesar de lo dicho sobre la serena realización de Hooper y su capacidad para conmover con los detalles más prosaicos, lo mejor de la película es la sensacional interpretación del inglés Colin Firth, un actor que ya ha demostrado su amplitud de registros en películas como Gente con clase, El diario de Bridget Jones, La importancia de llamarse Ernesto, La joven de la perla, Love Actually, Mamma Mia!, Génova o Un hombre soltero —por la que optó al Oscar—, y que aquí roza la perfección. No es de extrañar, pues, que ya haya ganado los premios al Mejor Actor 2010 de diversas asociaciones de críticos y el Globo de Oro y sea favorito para el Oscar de este año. Su despliegue es tan impresionante que eclipsa un poco al resto del excelente reparto, aunque el australiano Geoffrey Rush le sostiene un duelo interpretativo memorable.

Por lo demás, la película goza de una ambientación, una fotografía y una música exquisitas, que apoyan en todo momento el esfuerzo de Hooper y del guionista David Seidler por acercar los personajes al espectador y por hacerles ver la dimensión laboral y social de la realeza. Una dimensión que debería obligar a todos los componentes de las familias reales a ser especialmente responsables respecto a su formación, su lucha contra los propios defectos y el cumplimiento de sus obligaciones institucionales. En este sentido, la película acierta también en su discreto pero patético retrato del rey Eduardo VIII, un hombre frívolo y superficial, dominado por sus constantes devaneos sexuales y su obsesión por una mujer divorciada.

Jerónimo José Martín