El luchador * * * * |
Por Mª JOSÉ SÁNCHEZ LERCHUNDI |
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Hay en esta historia una confluencia de factores que la hacen subir como la espuma. El primero de todos la necesidad, en estos tiempos de crisis, de aferrarse al chisporroteo de una luz aunque esté a punto de apagarse; cuando las cosas van fatal un perdedor siempre es más creíble y mejor acogido. Y el intuitivo Aronofsky, que no es en absoluto ajeno a ese pálpito social, le ha echado morbo y carnaza presumiendo, con razón, que si la cara de ese paria típicamente americano era la de Mickey Rourke él y su guionista podían dejarse llevar por el drama hasta el borde mismo del exceso. Y el reto le ha funcionado. Funciona no sólo porque Rourke se metió de lleno en el papel (engordó quince kilos para encarnar a Randy Robinson) y ha conseguido calcar la autodestrucción que todos le adjudicamos y la que él mismo se echó encima; funciona porque su patetismo (el real y el ficticio) está muy bien explotado; porque Aronofsky clava, también él, en la pantalla toda la compasión que reclama el personaje; y toda su impotencia. Es tan brutal y tan palpable la derrota de este luchador que sólo provoca complicidad, lanzando, de paso, una mirada tierna a ese mundo de espectáculos baratos, tumultos, luces y vocerío. Entre perdedores, pues, anda el juego. Y estos son dos perdedores convincentes que conectan con la precisión de un reloj; porque Rourke se sale y se supera a sí mismo. Pero Marisa Tomei borda y se come hasta la admiración el papel de la triste stripper que le ha tocado. En este hermoso drama de viejas glorias en la cuneta reclamando un hueco que ya no tienen, que otros les han arrebatado, hay algunos flecos que no alcanzan el nivel requerido: los encuentros con la hija, por ejemplo. Poco o nada creíbles. Pero en su conjunto El luchador mantiene el pulso y la emoción de un episodio potente, muy estimable y también muy desgraciado. Mª José Sánchez Lerchundi
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