EL AVIADOR
                                                                                          Por JOSÉ LUIS PANERO



El aviador cuenta la historia del pionero de la aeronáutica, Howard Hughes, un excéntrico industrial multimillonario obsesionado con la perfección, y magnate del cine de Hollywood. Fue muy conocido por sus romances con algunas de las mujeres más hermosas del mundo, como Ava Gardner o Katharine Hepburn.

       La película retrata su vida desde finales de los años veinte hasta entrados los cuarenta, una época en la que Hughes dirigía y producía películas mientras hacía pruebas de vuelo con aviones innovadores que él mismo creaba y diseñaba.

       Esmerada producción rodada por uno de los directores más revolucionarios del cine actual, que dejó sobrada muestra de su versatilidad en la excesiva -en todos sus sentidos- Gángsters de Nueva York hace tres años. En su conjunto, el filme es un mural épico que hace un retrato nostálgico de una época esplendorosa y de un héroe patológico. En ella, Scorsese adentra el bisturí sobre la personalidad de Howard Hughes, haciendo especial énfasis en sus relaciones amorosas, su capacidad para rehacerse profesional y sentimentalmente, y en sus manías y fobias que le convirtieron en un hombre raro.

       Leonardo DiCaprio es el actor que da vida al peculiar personaje, dotándole de suficiente expresividad las veces que sufre cualquiera de sus crisis. Su interpretación se distingue bien en sus dos partes al encarnar al joven y al adulto Hughes, en las que sobresale. Es probable que esta película recuerde al espectador algunas situaciones paródicas, que resolvió de manera satisfactoria DiCaprio cuando interpretó a Frank Abganale en Atrápame si puedes, de Spielberg. La mayoría del reparto realiza un trabajo excelente, especialmente Baldwin, Holm, y las grandes actrices Blanchett y Beckinsale, si bien esta última no alcanza la belleza de la inmarcesible Gardner. Son memorables las secuencias que DiCaprio comparte con Alda, o con cualquiera de las féminas protagonistas, además de la espectacularidad visual de todos los sucesos aéreos.

       La densa e intensa cinta El aviador tiene una magnífica puesta en escena, donde el cuidado por el detalle es brillante (la pastilla de jabón, los asientos de la sala de proyección, el vestuario de los intérpretes, los paneles de control de los aviones, etcétera). La banda sonora, al compás inconfundible de las castañuelas, y la fotografía, con sus contrastes entre el blanco y negro y el color, dan sobrada muestra de un resultado final espectacular.

       Sin embargo, el guión tiene notables lagunas, al no explicar de manera clara qué impulsa al protagonista construir aviones o crear un imperio en Hollywood. La necesidad de un prólogo, más allá de las visiones en flashback de Howard niño, es necesario para comprender al ambicioso millonario y su evolución o involución de su problema psicológico. De igual manera, la cinta insiste en la repetición de determinadas cuestiones cuando ya quedaron claras desde su origen. Es el caso de cómo afectan al protagonista las crisis o las pericias con los aviones que resultan demasiado largas. Y por ahí patina el discurso narrativo. Pero el guión también tiene diálogos enriquecedores y muy dinámicos que agilizan la historia.

       Hay homenajes, que son reflejos de la realidad del protagonista, de las películas que Howard produjo como Scarface o Ángeles del infierno. También, una referencia a George Cukor y Cary Grant, con quien se dijo que Howard mantuvo una relación sentimental.

       A pesar de su duración, la película engancha desde el primer fotograma, la historia biográfica es atractiva y sus actores y la factura técnica son de alta calidad. Agárrense porque esta noche tendremos tormenta.

 

José Luis Panero

 

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