Entre lobos

                                                      Por JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN



Director y guionista: Gerardo Olivares. Intérpretes: Juan José Ballesta (Marcos adolescente), Manuel Ángel Camacho (Marcos niño), Sancho Gracia (Atanasio), Vicente Romero (Hocicotocino), Carlos Bardem (Ceferino), Àlex Brendemühl (Balilla), Luisa Martín (Isabel), Antonio Dechent (sargento), Agustín Rodríguez López (Juan José), José Chaves (Doroteo), Dafne Fernández (Pizquilla). Producción: José María Morales para Wanda Visión, Arako Films y Sophisticated. Fotografía: Oscar Durán. Música: Klaus Badelt. Montaje: Iván Aledo. Dirección artística: Ion Arretxe. Vestuario: Lala Huete. Distribuidora: Wanda Visión. Países: España y Alemania. Año: 2010. Género: Drama. Duración: 114 min.

Tras una dilatada carrera en el ámbito televisivo, el realizador cordobés Gerardo Olivares sorprendió gratamente hace unos años con los excelentes documentales para el cine Caravana y La gran final, en los que ya probó diversos recursos del cine de ficción. Después, en 2007, se convirtió en el primer español en ganar la Espiga de Oro del Festival de Valladolid gracias a su película 14 kilómetros, a la que podría calificarse de ficción documental, pues fue interpretada por no actores con vidas similares a las de sus personajes. Ahora, afronta la ficción estricta con actores en Entrelobos, generosa coproducción hispano-alemana con bastantes elementos de interés.

La película reconstruye la alucinante juventud de Marcos Rodríguez Pantoja, nacido en 1946 en una finca de ganadería y caza en pleno corazón de la Sierra Morena cordobesa. Marcos tenía siete años cuando fue entregado por su pobre padre al tiránico terrateniente de la hacienda, que lo envió con un anciano cabrero a un perdido valle del actual Parque Natural de la Sierra de Cardeña y Montoro.

 

El cabrero transmitió a Marcos sus técnicas básicas de supervivencia, así como su amor por la naturaleza y su simpatía hacia El Balilla, un maqui que operaba por la zona y que era perseguido sin cuartel por la Guardia Civil. Al poco, el cabrero murió, y Marcos se quedó solo y completamente aislado. En los doce años que permaneció en el monte —de 1953 a 1965— no tuvo contacto con humanos, vivió junto a una manada de lobos y sus amigos eran un hurón y una jineta. Como dijo en una ocasión “Yo era el rey del valle”. Marcos nunca consiguió adaptarse a la sociedad y, desde entonces, su sueño fue siempre volver a vivir… entre lobos.

Quizás le falte un punto de emoción a esta singular película, similar en sus planteamientos a El pequeño salvaje, de François Truffaut. En cualquier caso, funciona muy bien por varias razones. En primer lugar, su argumento resulta atrayente, y está desarrollado con fluidez narrativa, hondura dramática, ponderación en su retrato de la postguerra española y un tono entrañable, casi familiar, que evita los recursos zafios —incluso en sus diálogos— y subraya con convicción los valiosos valores morales —la lealtad, el sentido de justicia, una cierta trascendencia— que Marcos aprendió en mitad de la naturaleza.

Por otra parte, todos los actores dan la talla, especialmente Sancho Gracia —en su mejor papel en años—, Juan José Ballesta —en su breve pero intensa encarnación del Marcos casi veinteañero— y el niño debutante Manuel Ángel Camacho —la revelación del filme—, que derrocha naturalidad y simpatía en su sensacional interpretación de Marcos de niño. Finalmente, hay que elogiar también la banda sonora del alemán Klaus Badelt —compositor de la saga Piratas del Caribe— y, sobre todo, las espléndidas secuencias con animales salvajes, rodadas por una específica Unidad de Naturaleza, dirigida por el especialista Joaquín Gutiérrez Acha, realizador habitual de National Geographic en España.

Jerónimo José Martín