Entrevista a Alejandro González Iñárritu
                                                                                          Por JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN

 

Nació en México D.F. en 1963. Estudió cine y teatro, antes de presentar un popular programa de la cadena radiofónica mexicana WFM y componer varias bandas sonoras para películas. En 2000, su primera película, Amores perros, cautivó a la crítica, gano numerosos premios y optó al Oscar. Al año siguiente, dirigió el famoso corto publicitario Powder Keg, para BMW. En 2002, participó en el filme colectivo 11’09’’01 Once de septiembre con el corto Darkness. Un año después, su segundo filme, 21 gramos, confirmó su talento narrativo y su potencia visual. En 2006 fue productor ejecutivo de Nueve vidas, de Rodrigo García. Y, ahora, Babel consagra a Alejandro González Iñárritu como uno de los grandes cineastas contemporáneos. Pudimos hablar con él en septiembre de 2006 durante su paso por el Festival de San Sebastián.

“No hay peor soledad que aquella que sientes cuando estás rodeado de gente”

“El libre albedrío sólo conforma el 10% de la vida de cada ser humano”

“No creo que la gente necesite sensaciones fuertes, sino que le revivan los sentimientos”

“El problema no son las fronteras exteriores, sino las que tenemos dentro de nosotros mismos”

 

¿Qué tienen en común México, Marruecos y Japón?

La soledad, física, metafísica y metafórica. No es necesario estar realmente en el desierto para sentirte solo. De hecho, en mi película he rodado tres desiertos: el del Sáhara, el de Sonora y el desierto urbano de Tokio. No hay peor soledad que aquella que sientes cuando estás rodeado de gente.

¿Tan grave es la soledad de la gente?

Sin duda. Conforme la comunicación y la tecnología se iban desarrollando, el ser humano se ha ido aislando de los demás. Así, Internet y los celulares, en lugar de comunicarnos, nos han aislado. Hasta el punto de que hemos perdido la capacidad de escuchar, hablarnos a los ojos e interactuar de una forma física.

¿Libertad o destino?

Siempre he estado en contra del concepto “libre albedrío”, defendido por el hombre desde hace siglos. En mi opinión, el libre albedrío sólo conforma el 10% de la vida de cada ser humano. El resto hay que asignárselo al azar, las coincidencias, el destino, la providencia…

¿La providencia?

Sí. Me refiero a esos sucesos extraordinarios que acontecen a nuestro alrededor, no percibimos y no tienen nada que ver con nuestra voluntad, pero que afectan a nuestra actuación una vez que ocurren.

¿Por ejemplo?

Cómo afrontamos la muerte de un ser querido o un premio en la lotería… Todo lo que nos sucede cuando el guionista que escribe nuestra vida decide que vivamos en una familia aristócrata o que nuestro padre sea alcohólico. Los personajes que yo he creado reaccionan siempre ante eventos trágicos desde el sentido griego del destino. Y es a partir de ahí cuando comienzan a tomar sus decisiones. Me parece que la vida trata justo de eso.

¿Cómo entra la religión en todo esto?

Me considero una persona espiritual; y mi película y mis personajes también tienen una vida espiritual. Pero la religión me parece un tema muy íntimo, que cuando sale a la luz de una forma física suele perder toda su espiritualidad.

¿Cómo es eso?

Las personas más espirituales que conozco son como el incienso: sientes su vida interior como sientes un perfume. No manifiestan su espiritualidad con palabras, sino a través de sus actos. Creo que ésa es la fuerza espiritual más poderosa: la menos obvia, la que no coacciona, la que se mezcla...

¿Cómo los numerosos abrazos de su película?

A mí, más que los abrazos, me conmueve la escena en que el padre japonés toma la mano de su hija. En ese momento se comunican a través de las yemas de los dedos, que transmiten muchos sentimientos, en ocasiones más que las palabras. De ahí también los abrazos que se dan los demás personajes una vez que se perdonan, y descubren las mil posibilidades de dar o recibir amor. Pienso que hemos perdido la capacidad de tocarnos, y me parece importante recuperarla.

¿Su estilo directo y seco busca impactar al espectador endurecido, que sólo reacciona ante las emociones fuertes?

No creo que la gente necesite sensaciones fuertes, sino que les revivan los sentimientos. Hay quien se emociona más que otros. Depende de la sensibilidad de la gente.

Pero no negará que su filme tiene momentos tremendos…

Los temas expuestos en Babel no están exagerados. Por ejemplo, la inmigración está tratada hasta con cierta levedad en comparación con las trágicas historias que suceden en realidad. En cualquier caso, no pretendo exacerbar las historias para hacer sufrir a la gente; pero sí me gustan las historias que provoquen emociones.

¿Cómo trabaja con los actores?

Antes de adentrarme en el guión, me reúno primero con los actores y les explico bien qué es lo que quiero contar y de qué manera. Tras comprobar que los intérpretes entienden la historia, les entrego el libreto y nos ponemos a trabajar. Por eso, es fundamental dar con los actores indicados.

¿Dirige de manera diversa a los actores y a los no actores?

Los no actores son personas que no han encontrado en ellas mismas emociones particulares, de modo que necesitan hacer uso de la técnica para reflejar esas sensaciones. Sin embargo, este tipo de intérpretes tiene una pureza especial, que se vuelve conmovedora. Al fin y al cabo, el actor proviene de técnicas, y sólo ha de ponerlas en marcha. Paradójicamente, el actor va en contra de sus hábitos técnicos, mientras que el no actor busca esos hábitos.

¿Por qué usa de nuevo una estructura narrativa fragmentada?

La estructura en una película es lo que menos me interesa. Son las propias historias las que demanda una estructura u otra.

Las tres historias diseccionan las intimidades de las familias protagonistas…

Me interesa la intimidad de la familia como caldo de cultivo de los grandes temas universales. Desde Adán y Eva, Caín y Abel, los dramas del hombre se desarrollan en el ámbito familiar...

¿Se considera optimista o pesimista?

Me apunto al pesimismo de Óscar Wilde, que decía que “un pesimista es un optimista bien informado”. En cualquier caso, pienso que Babel es mucho más esperanzadora que Amores perros o 21 gramos, pues acepta la posibilidad de encontrar puentes entre nosotros, más allá de las palabras, las naciones o los gobiernos, que no son el problema.

¿Y cuál es el problema?

El problema no son las fronteras exteriores, sino las que tenemos dentro de nosotros mismos, que son las que muestra Babel. Somos nosotros los que hemos construidos esas barreras. Pero también podemos encontrar la forma de volver a comunicarnos. Por eso Babel es una película esperanzadora.

 

Jerónimo José Martín