| Jean Becker: “Todos tenemos nostalgia de una vida más sencilla, menos complicada, más humana” |
Por
JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN |
Hijo del cineasta francés Jacques Becker —director de clásicos como París, bajos fondos o La evasión—, Jean Becker debutó en los años 60 dirigiendo a Jean Paul-Belmondo en películas como Un tal La Rocca, A escape libre o Dulce gamberro. Durante los años 70 y 80 sólo rodó la notable Verano asesino (1983). Resurgió en 1995 con el drama Elisa. Y, finalmente, dio la campanada en 1999 con La fortuna de vivir, sensacional comedia rural a lo Jean Renoir, que triunfó en todo el mundo. Desde entonces, no ha abandonado el campo francés, donde desarrolló la hilarante comedia negra Un crimen en el paraíso (2000), y donde ahora ambienta la comedia dramática Conversaciones con mi jardinero. Se trata de la adaptación de la novela de Henri Cueco, en torno a la amistad entre un mujeriego pintor parisino y un entrañable ex ferroviario, al que el primero contrata como jardinero de su finca. El propio Becker nos desveló sus claves durante su reciente estancia en Madrid. |
|
Trabajo según su estilo, pero asumido indirectamente, a través de mi padre, que me enseñó todo lo que sé de cine. ¿Y él tuvo mucha relación con Renoir? Muchísima. Fue su asistente en numerosas películas, e incluso fue el montador de Una partida de campo, pues Renoir tuvo que viajar a Estados Unidos y no pudo montarla personalmente. De todas formas, no intento hacer un calco del cine de Jean Renoir; aunque, ciertamente, lo que él hacía fructifica en mi cine. Y, en todo caso, no considero a Jean Renoir como una mala referencia para un cineasta (risas). ¿Por qué ha elegido historias campestres en sus tres últimas películas? Son más bien las historias quienes me eligen a mí... Por ejemplo, leí la novela en que se basa La fortuna de vivir —Les enfants du marais, de Georges Montforez— cuando tenía 21 años. Me encantó, y al acabarla pensé: “Un día haré una película con esta historia”. En realidad, son las propias historias las que me piden ser desarrolladas en ambientes rurales. ¿Qué le atrajo de la novela de Henri Cueco? Me sorprendió especialmente el modo de expresarse de El Jardinero, muy singular, y su visión de la vida, ingenua y profunda a la vez. No es un hombre vulgar, en absoluto. También me gustó mucho el personaje de su esposa, que hemos conservado intacto, tal y como está en la novela. ¿Ha modificado mucho otros personajes? Sí, bastante, sobre todo El Pintor, que en la novela estaba muy en segundo plano. Tanto, que prácticamente le hemos dado vida en la película: su amistad infantil con El Jardinero, sus dificultades artísticas y sentimentales, las relaciones con su hija... Todo eso está casi íntegramente inventado por el guión. Dice Daniel Auteuil que es usted muy duro con los actores. ¿Es verdad? La primer cualidad de un director es el rigor. Y yo intento ser tremendamente riguroso, de modo que algunos actores sufren un poco conmigo. ¿Y eso le pasó en Conversaciones con mi jardinero? Sólo al principio. En esta película, debía afrontar un desafío muy difícil como director, pues sólo contaba con dos personajes y, por tanto, con dos actores, que debían compenetrarse muy bien. Si no, todo podía quedar en nada, en puro aire. Así que los primeros días de rodaje me mostré especialmente exigente. Y, en concreto, a Daniel no le pasé ni una. Y él se enfadó, claro. Un poco (risas). Pero era por el bien de la película, que me exigía formar una ecuación perfecta con sólo dos personajes. Toda ella se sustentaba completamente sobre el trabajo de sus dos protagonistas; así que fue necesario exigirles mucho. ¿Qué destacaría de Daniel Auteuil como actor? Daniel entiende perfectamente cada situación. La capta enseguida; le basta una mirada, un guiño... Además, es muy sobrio y nunca se equivoca de tono. ¿Y qué me dice de Jean-Pierre Darroussin? Cuando vi la película Como en las mejores familias, me sorprendió su forma de mirar a los demás, llena de bondad. Fue muy grato trabajar con él, y supo aportar a su personaje naturalidad, simplicidad y hondura. Ambos, desde luego, forman una buena pareja en la película... Sin duda. Daniel y Jean-Pierre son a la vez parecidos y diferentes. Cada uno sabe comunicar emociones a su manera. Se podría decir que son complementarios. Y tienen la misma sutileza, que les lleva a actuar de un modo simple y directo. En cualquier caso, enseguida nació una complicidad entre ellos, que ayudó mucho a la relación entre sus personajes. Ahora no puedo imaginar un dúo mejor. Supongo que también sería un desafío para ellos su modo de rodar. Sí, les costó acostumbrarse. Yo ruedo siempre planos largos, con dos cámaras y encuadres diferentes: primeros planos, planos medios, planos más generales... Esto es incómodo para los actores, pues deben aprenderse diálogos más largos que los habituales y, además, controlan menos la posición de la cámara, lo que puede restarles seguridad. Pero con ese modo de rodar tengo más posibilidades de cara al montaje, y cumplo mi deseo de que la puesta en escena no se note demasiado. Lo fundamental es seguir a los personajes, estar a su lado. Esta película, como las últimas suyas, es poco complaciente con la sociedad actual, y muestra una cierta nostalgia de un modelo de vida más sencillo y moralmente más exigente que el dominante. Sin embargo, parece conectar con público mucho más amplio del que cabría esperar. Ese fenómeno no me parece tan paradójico. Hoy día, gozamos de mayores facilidades técnicas, pero tenemos una calidad de vida peor que hace años. Es preocupante que mucha gente tenga más dificultades para comunicarse directamente con su hijo, o con su padre, que para hacerlo con un desconocido a través de Internet. Creo que todos tenemos nostalgia de una vida más sencilla, menos complicada, más humana... ¿También los jóvenes? Sí, también. Los jóvenes son cada vez más conscientes de que la televisión, los ordenadores portátiles, Internet... tienen muchas cosas buenas, pero también muchas cosas malas. Personalmente, me gustaría que hubiera una vuelta a placeres más sanos, al disfrute de otras cosas en otros lugares... En cierto modo, me encantaría recuperar “la vida de antes”, si es que se puede hablar así. ¿Qué aporta usted al cine francés actual? No creo que aporte nada nuevo. De hecho, para algunos críticos soy el dinosaurio del cine francés (risas). Una opinión que, desde luego, no me quita el sueño. Yo hago mis películas como creo que debo hacerlas, en función de su argumento. Y me conformo con que unos cuantos miles de espectadores disfruten con ellas. Jerónimo José Martín
|
|
|