Sophie Marceau: “Considero muy positivo que el cine se feminice y evolucione en su modo de mostrar a las mujeres”

                                                                                          Por JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN

La actriz francesa protagoniza con Yvan Attal El secreto de Anthony Zimmer, un vibrante thriller de intriga, dirigido por el debutante Jérôme Salle.


La francesa Sophie Marceau se hizo internacionalmente famosa en 1994, gracias a su caracterización de la Princesa Isabelle en Braveheart, la popular película de Mel Gibson. Pero, en realidad, era conocida en su país natal desde 1980, cuando protagonizó, con sólo 14 años, la película La fiesta, de Claude Pinoteau. Dos años después ganó el César a la mejor actriz novel por La fiesta 2, también de Pinoteau. Desde entonces, ha protagonizado unas 30 películas, entre las que destacan Chouans!, de Philippe de Broca; La hija de D’Artagnan, de Bertrand Tavernier; A la luz del fuego, de William Nicholson; La fidelidad, de Andrzej Zulawski, y La máscara del faráon, de Jean-Paul Salomé. En 1995 debutó como guionista y directora con el cortometraje L’aube à l’envers. Y en 2001, dio el salto al largo con Parlez-moi d’amour, con el que ganó el Premio a la mejor dirección en el Festival de Montreal.

Durante su reciente estancia en Madrid, hablamos con ella de su última película, El secreto de Anthony Zimmer, de Jérôme Salle. En esta inquietante intriga, la actriz da vida a Chiara, una singular mujer fatal, que enreda a un pobre diablo con el fin de proteger a un delicuente, al que ama, y que es buscado con frenesí por la policía francesa y unos mafiosos rusos.

¿Qué es lo que más le ha gustado de su personaje?

Sophie Marceau: A los actores nos gusta mucho que los personajes tengan incoherencias, pues enriquecen sus perfiles dramáticos. Y, desde luego, Chiara refleja muy bien cómo en la naturaleza humana hay muchas contradicciones y reacciones ilógicas. Además, ella es una mujer fatal, que está cambiando constantemente de vestido e identidad.

¿Y qué es lo que más le ha costado asumir de Chiara?

S. M.: Al principio, el director y yo teníamos visiones diferentes de ella, de modo que tuve que reajustar mi visión. No puedo revelar el final, pero sí puedo decir que discrepábamos sobre el grado de control que ella tiene sobre todo lo que acontece en el filme, lo que sabe y lo no sabe, su sensibilidad o insensibilidad…

Porque, además, Chiara es una mujer fatal, pero enamorada…

S. M.: En efecto. Ése es uno de los rasgos del personaje que más me gustaban. Al principio, ella aparece como una mujer fría y calculadora, camaleónica, capaz de interpretar en cada momento el papel más conveniente para sus objetivos. Pero, en realidad, por dentro es una mujer enamorada, cuya fragilidad determinará el desenlace.

¿Se parece usted a su personaje?

S. M.: Chiara no tiene nada que ver conmigo. ¡Yo soy mucho más espontánea y expresiva! Además, desde pequeña siempre he sido un poco marimacho, y prefiero que me seduzcan a seducir.

 


¿Qué tal ha sido el trabajo con el debutante Jérôme Salle?

S. M.: Jérôme es un hombre muy seguro de sí mismo, que sabe lo que quiere. Así que no se deja impresionar por la posible fama de sus actores. Eso es bueno, porque un director debe mostrar constantemente lo que quiere.

¿Nunca intentó imponerle algo?

S. M.: No soy una actriz oportunista. De hecho, me suelo quedar en mi sitio, e incluso pido al director con frecuencia que me dé instrucciones. Para un actor, lo peor son los directores que no saben lo que quieren. En el cine, cada uno tiene que estar en su lugar. Y, si se mezclan los papeles, mal asunto.

¿Y qué tal con Yvan Attal?

S. M.: Vivimos dos o tres momentos de tensión, pero lo hablamos y lo resolvimos. Yvan tiene mucho carácter y yo también; por eso chocamos. Es normal en los rodajes. Pero es un gran actor, y nunca usurpó mi lugar ni el del director. Pienso sinceramente que hemos hecho una buena película.

¿Qué papel femenino echa de menos en el cine actual?

S. M.: Hay muchos personajes que no he hecho y que me gustaría interpretar. Además, hay tantas películas como personas; la propia vida de cada uno es una historia, y muestra una psicología distinta a las demás. De modo que las posibilidades son infinitas, también por el desarrollo de las nuevas tecnologías.

¿Pero le apetece afrontar algún género concreto?

S. M.: No lo tengo claro, porque me gustan todos. Sigo disfrutando con las películas de acción; pero si veo una película de Bergman, también me fascina, porque aprendo muchas cosas sobre la naturaleza humana.

¿También sobre el alma femenina?

S. M.: Claro. En este sentido, ha sido muy positiva la irrupción en todo el mundo de diversas directoras de cine, que están aportado puntos de vista diversos a los habituales. Ahí está Isabel Coixet con La vida secreta de las palabras.

Pero también hay directores que retratan muy bien a las mujeres.

S. M.: Ciertamente, escritores como Tolstoi, o cineastas como Bergman, han imaginado grandes personajes femeninos. Pero también es verdad que sigue habiendo papeles de mujer demasiado tópicos, pues vivimos en un mundo de hombres, que a menudo no comprenden que las mujeres tenemos una psicología distinta y una visión diferente de los sentimientos. Por eso considero muy positivo que el cine se feminice y evolucione en su modo de mostrar a las mujeres.

Por cierto, ¿va a volver a escribir y dirigir?

S. M.: No imagino mi vida sin escribir. Para mí, escribir es una especie de higiene mental, que está conmigo desde que era niña y que me libera de muchas tensiones. Por eso, guardo en un cajón numerosos escritos, que un día se convertirán en guión.

¿Tiene acabado alguno?

S. M.: Sí, uno, que comenzaré a rodar este mismo verano. Es una historia con elementos autobiográficos, que dirigiré y protagonizaré. Mi primera experiencia como directora estuvo muy bien; espero que ésta también. ¡Toco madera!