Entrevista a Tania Hermida
                                                                                          Por JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN

 

Nacida en Cuenca, Ecuador, Tania Hermida se graduó en Dirección por la Escuela Internacional de Cine y TV de San Juan de Baños, Cuba. Después, realizó un Máster en Estudios Culturales, y en 1996 comenzó a impartir clase en la Universidad de San Francisco de Quito. Ha dirigido los cortos Ajubel (1989), El puente roto (1991) y Aló (1999), y ha trabajado en el equipo de Asistencia al Director de las películas Prueba de vida (2000), de Taylor Hackford; María llena eres de gracia (2002), de Joshua Marton, y Crónicas (2003), de Sebastián Cordero. Hablamos con ella de su primer largometraje, Qué tan lejos, que ha sido un éxito de crítica y de público en su país y en los festivales en que se ha presentado.

“Hemos pasado de la estética del hambre a la cosmética de la violencia”

“Tener todo ensayado es el mejor modo de dar entrada a la improvisación”

“Entiendo mi dedicación política como parte del mismo proceso creativo que me lleva a hacer películas"

 

Dice usted que ha querido “romper las convenciones del cine del Tercer Mundo”. ¿A qué se refiere?

Me refiero a esa especie de obligación, asumida durante los años 90 por la mayoría de los cineastas latinoamericanos, de hacer películas sólo sobre la violencia, el narcotráfico o la marginalidad de sus países. Desde los años 70 hasta los 90, en Latinoamérica hemos pasado de “la estética del hambre” —de la que hablaba el brasileño Glauber Rocha— a la cosmética de la violencia. Hasta el punto de que esa tendencia se ha convertido en un verdadero fenómeno del mercado.

Supongo que esa sería la tendencia dominante en San Juan de Baños.

Así es. Sus fundadores y la mayoría de los profesores pertenecen a eso que se llamó Nuevo Cine Latinoamericano. Me parece bien, pero pienso que ya es hora de dejar de repetir sus patrones y sentar las bases de un Nuevo Nuevo Cine Latinoamericano (risas).

¿Le ha costado salirse de esos patrones?

Al escribir el guión no, pero me ha costado mucho conseguir financiación para mi película, precisamente porque no encajaba en esos patrones que había asimilado el mercado. No era una película violenta. No mostraba una y otra vez la podredumbre de las calles. Salían mujeres en ella, pero no eran maltratadas. Incluso, había una estudiante pija que se queda perdida; un personaje nunca visto en el cine andino, que suele ser más marginal. En fin, que mi película no cumplía las expectativas, pues yo había huido de todos los lugares comunes de ese costumbrismo, de esa folclorización de la miseria.

¿Es una película más de guión, de rodaje o de montaje?

De guión, sin duda. Ciertamente, en la octava versión del guión —que fue la que usamos en el rodaje— se habían incorporado aportaciones y pulimientos de los actores durante los ensayos. Pero todo estaba escrito, incluso los diálogos aparentemente improvisados. Hasta la borrachera en la playa estaba en el papel con pelos y señales.

O sea, que se ha atado sólidamente al guión...

En realidad, para mí esa atadura me ha dado una gran libertad. Yo ya había rodado tres cortos, pero éste era mi primer largometraje... Bueno, y el de las actrices, y el de la mayor parte del equipo técnico. Además, la película descansaba sobre dos únicas actrices, que tenían que encarnar muy bien a sus personajes. De modo que llegaba al set con todo ensayado. Por otra parte, tener todo ensayado es el mejor modo de dar entrada a la improvisación. Incluso ensayé con el cámara todo el guión técnico, cada toma, cada movimiento, cada efecto de montaje, incluso los que parecían más espontáneos.

Todo un desafío...

En realidad, el mayor reto de esta película era equilibrar esa planificación tan exhaustiva con las intuiciones que siempre te surgen durante el rodaje. Unas intuiciones fundamentales, pues el exceso de planificación afecta a la frescura de la película, que se suele volver rígida, poco fluida y artificiosa.

¿Por qué no ha subtitulado los diálogos en quechua que aparecen en el filme?

Para que el espectador sintiera la misma sensación de extranjería que sienten las protagonistas de la película, ninguna de las cuales sabe quechua, tampoco Tristeza, a pesar de ser ecuatoriana. En esa escena, Tristeza es extranjera de la lengua, y así el espectador es también extranjero con ella.

Un modo sutil de subrayar las distancia que existe entre las grandes ciudades y las zonas indígenas.

Esa era mi intención. Quería mostrar esas realidades de Ecuador que son tan cotidianas que ya no son visibles para muchos ecuatorianos. Y una de ellas es ese abismo tan grande que existe entre la cultura indígena y la cultura mestiza. Un abismo que también se ve en esa súbita aparición de la nada de los niños indígenas. Siempre han estado allí, pero esas dos extranjeras los ven como si fueran espectros.

¿Le costó encontrar a sus actrices?

Mucho. Tuve que ejercitar a fondo la paciencia. Yo sabía que esa elección era clave, pues de ella dependía la veracidad de la película. A Cecilia Vallejo la encontré después de hacer pruebas a más de 100 finalistas.

¿Y a Tania Martínez?

Pues la encontré también Ecuador, en concreto, en Cuenca, donde estaba interpretando una obra de teatro. Fue curioso encontrarla allí después de haber realizado en España numerosas pruebas, todas ellas sin éxito. Por cierto, me sorprendió la cantidad de actrices españolas que estaban dispuestas, como experiencia profesional, a rodar en Ecuador una película de bajo presupuesto, como es la mía.

¿De dónde sale Pancho Aguirre?

Del teatro y la televisión de Ecuador. De todo el reparto, era quien tenía más experiencia como actor. De hecho, nos ayudó mucho a matizar a los personajes, porque, en cierto modo, tenían bastantes cosas en común con los actores que los encarnaban. Y, en esa situación, es difícil separarse con sutileza del propio modo de ser para dar forma al personaje.

¿Tiene algún cineasta de referencia?

Muchos, pero me gustan especialmente el primer Wim Wenders y el primer Jim Jarmusch. Las últimas películas de ambos me interesan menos; pero sus primeras etapas me parecen fascinantes. También me gusta el iraní Abbas Kiarostami, sobre todo por la fuerza narrativa que el paisaje tiene en sus películas. Y me entusiasma Western, de Manuel Porier, que me parece la película con un planteamiento más similar a la mía. Al fin y al cabo, sus protagonistas son también como dos extranjeros que viajan juntos fuera de su universo habitual, y acaban haciéndose amigos.

Háblenos de sus próximos proyectos.

Estoy escribiendo el guión de un segundo largometraje, que quizá provoque decepciones, pues no es ni la continuación de Qué tan lejos, y ni siquiera se le parece. Y mi otro deseo es participar en el gran proyecto de renovación política que se está viviendo en mi país.

¿Cómo es eso?

Sí, desde hace años, se viene desarrollando en Ecuador lo que hemos denominado “la Revolución Ciudadana”, por la que pretendemos apropiarnos de nuestro destino, también en el ámbito cultural. Ese proceso vivirá una época fundamental a partir del 30 de septiembre, día en que se elige la Asamblea Constituyente, que se encargará de plasmar esos nuevos valores sociales en una nueva Constitución.

¿Y usted se presenta como diputada para esa Asamblea?

Exactamente. Me presentaré por la Lista 35, que es la del Gobierno actual, que se ha erigido en líder de un proceso sin líderes. Pienso que es importante que los cineastas propongamos cambios concretos en el ámbito cultural, y respecto a la propia idea de cultura. Hasta ahora, en Ecuador los gobiernos han visto la cultura de una perspectiva conservacionista, como algo que hay que cuidar, y no como una fuente de riqueza y creatividad que hay que potenciar. Eso exige superar la precariedad actual del Estado y comenzar a establecer las medidas legales necesarias —cuotas, incluidas— para potenciar la cultura ecuatoriana y establecer un espacio audiovisual soberano.

Pero esa opción suya le puede alejar de la creación cinematográfica.

Yo entiendo mi dedicación política más bien como parte del mismo proceso creativo que me lleva a hacer películas. A los cineastas nos toca hacer una pausa en nuestro trabajo para hacer país. Un país, por cierto, muy joven, pues sólo tiene 180 años, el equivalente a los 12 ó 13 años humanos. Ahora está entrando, por tanto, en la adolescencia, y es lógico que tenga problemas con la pubertad, que se vuelva rebelde...

Jerónimo José Martín