separable
Verónica a quien Ana conoció de joven—, en la comida,
en la familia y en el matrimonio.
La opción de sus jóvenes
directores, Alfonso Albacete y David Menkes
(Más que amor, frenesí) es resaltar las segundas
oportunidades e insistir —sin más consideración moral—
en que hay que poner todos los medios posibles para concederle una tregua
a la vida. Así, Ana revive su adolescencia para reencontrar la
felicidad, pues su vida conyugal se ha trocado monótona, y en su
pretensión de independencia, busca el amor, aunque sea confundido
con su memoria, sin darse cuenta de que lo único que desea es sentirse
querida.
Entre vivir y soñar
es un cuento de hadas del siglo XXI, cuya historia es notablemente elemental.
A los diálogos, las situaciones y los personajes les falta intensidad
y, ciertamente sobran varios detalles soeces, acompañados de alguna
escena sexual, que subraya la amoralidad de la historia. Pero también
hay detalles positivos, sobre todo en la relación que se establece
entre la madre y la hija, en su insistencia en que no hay que perder nunca
la esperanza y en su afán por mostrar cómo, a veces, estar
a caballo entre la vida y los sueños puede aliviar un poco nuestros
quebraderos de cabeza.
José Luis Panero
|