Himalaya: Entre la realidad, la ficción y la supervivencia
                                                                                          Por JOSÉ LUIS PANERO



Título original: Himalaya: L’enfance d’un chef. Director: Eric Valli. Intérpretes: Thilen Lhondup (Tinlé), Gurgon Kyat (Karma), Lhakpa Tsamchoe (Péma), Karma Wangel (Passang), Karma Tensing (Norbou/Urgien), Labrang Tundup (Labrang), Jampa Kalsang Tamang (Jampa), Tsering Dorjee (Rabkie), Rapke Gurung (Tundup). Países:Francia, Reino Unido, Suiza y Nepal. Año: 1999. Producción: Christophe Barratier y Jacques Perrin. Guión: Eric Valli y Olivier Dazat, con la colaboración de Louis Gardel, Jean-Claude Guillebaud, Nathalie Azoulai y Jacques Perrin. Música: Bruno Coulais. Fotografía: Eric Guichard y Jean-Paul Meurisse. Dirección Artística: Tenzin Norbu Lama. Montaje: Marie-Josèphe Yoyotte.

 

“También escritor y fotógrafo profesional, Valli retrata de forma conmovedora el relato, y su espiritualidad rebasa con mucho la media del cine contemporáneo”.

Ambientada en la región de Dolpo, en el noroeste de Nepal, Tinle, el anciano más prominente de la aldea, recibe la noticia de que su hijo mayor, el jefe del pueblo, ha fallecido en un accidente. Este hecho trastoca la vida de los nepalíes, pues deberán elegir un jefe que se encargue de guiar a la anual caravana de yaks, que llevan la sal -único producto de valor que tienen- para intercambiarla por granos de trigo en los pueblos de las llanuras. Tinle es el encargado de la elección, y a pesar de que Karma es el joven con más pericia para este viaje, Tinle se opone pues lo acusa de la muerte de su hijo.

 



Seis años ha tardado en llegar a España Himalaya, una hermosísima película sobre la condición humana del francés Eric Valli, que fue candidata al Oscar en 2000 en la categoría de filme extranjero. La cinta desarrolla una vigorosa puesta en escena, envuelta en una sensacional fotografía, encargada a Eric Guichard y Jean-Paul Meurisse, y que se alzó con el premio César en el año 2000. Eric Valli sabe como nadie exaltar la nobleza de sus personajes, de sus costumbres, de sus formas de vida o de su pensamiento, y todos se acercan al espectador de manera tímida, poco a poco, para después coger carrera y lanzarse al vacío de la expresividad, demostrando sus cualidades artísticas de manera sabrosa. Estas palabras convencerían más, si a ellas les añadimos que el filme estuvo interpretado por actores no profesionales.

También escritor y fotógrafo profesional, Valli retrata de forma conmovedora el relato, y su espiritualidad rebasa con mucho la media del cine contemporáneo. La potencia realista que se desprende del filme, la fuerza de las imágenes, y el volumen de la banda sonora, logran que el espectador se adentre en los entresijos de la desventura humana. Todo ello gracias a capacidad de sus protagonistas de resistir frente a la adversidad, de sus convicciones, de sus creencias y también de sus necesidades. Así pues, se asiste a una procesión de sensaciones espectacular, donde se comprueba cómo a través de pequeños gestos reveladores los personajes transmiten su temores, sus dolores, sus alegrías por los pequeños logros, y su capacidad para liderar a una comunidad entera y vencer con energía y entusiasmo su desánimo.

Aunque a ratos pesimista y arrítmica, el balance de esta fábula oriental es positivo, pues entre sus grandes virtudes destacan el alto grado de compromiso sobre la trascendencia y su elogiosa visión sobre la familia.

 

José Luis Panero

 

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