La intérprete
                                                                                          Por JOSÉ LUIS PANERO



Silvia Broome (Nicole Kidman) es una intérprete nacida en África, que oye cómo amenazan de muerte a un presidente africano a punto de intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas. No tarda en darse cuenta de que ella también se ha convertido en blanco de los asesinos y se lanza a una carrera desesperada para frustrar sus planes. Sólo debe encontrar a alguien que la crea. Sean Penn es Tobin Keller, el agente federal encargado de proteger a la intérprete, que no está tan seguro de que la mujer lo haya contado todo. Silvia y Tobin, por naturaleza, ven la vida desde puntos de vintos diferentes. Ella, intérprete en las Naciones

Unidas cree en el poder y la inviolabilidad de las palabras. Él, agente del servicio secreto, analiza a la gente de acuerdo con su comportamiento y poco le importa lo que digan. Basta con estar en el pasillo adecuado en el momento indicado para que un susurro incline la balanza del poder.

       Película interesante, como no podía ser de otro modo, cuando quienes llevan el peso del drama son los oscarizados Nicole Kidman y Sean Penn, dirigidos por el gran Sydney Pollack (Memorias de África, Los tres días del Cóndor, Tootsie, Ausencia de malicia o La tapadera), también ganador de un Oscar.

       El thriller, con las calles de Nueva York también como escenario, contiene numerosas referencias hitchcockianas, lo cual envuelve a la película de un cierto halo de suspense infinito. Podríamos decir que La intérprete está inspirada en la fastuosa Con la muerte en los talones, en la frenética El hombre que sabía demasiado, en la estrictamente política Topaz o en la vouyerista La ventana indiscreta.

       La cinta es convencional en su tratamiento argumental, y huye de pretender algo más de lo que muestra. La estructura del guión es clara y, en todo caso, podría achacársele determinada reiteración en los temas o algún remate previsible. Sin embargo, los diálogos fluyen con eficacia, no son artificiosos, y el doblaje al español parece verosímil. Además, las interpretaciones del dueto protagonista son espléndidas -especialmente la de Sean Penn-, y ninguna de los secundarios queda aislada del núcleo duro. Afortunadamente, Pollack ha sabido rodearse de actores de reparto correctos. En general, el diseño de la personalidad de los actores está sobradamente conseguido, sin dejar tregua a la ambigüedad.

       Gracias a La intérprete nos hemos adentrado en el interior de ONU, cuestión que Hitchcock negoció pero se le denegó para el rodaje de Con la muerte en los talones, y hubo de conformarse con falsos exteriores.

       Gran parte del mérito del estilo sobrio y clásico del filme reside en su realizador (y también actor secundario -es el jefe del personaje que interpreta Sean Penn-), Sydney Pollack. El director dirige con pulso firme, sin dejarse llevar por las emociones fáciles, pues podría haber intoxicado la subtrama amorosa entre los protagonistas, que es, a todas luces, una historia convincente. La partitura musical contiene suficientes golpes sonoros para apoyar el desarrollo de las tramas, al estilo del mejor Bernard Herrmann.

       Además, la película se engrandece al proponer un uso inteligente sobre la razón, el diálogo y el peso de la justicia en contra de la intolerancia o la violencia gratuita y accesoria.

 

José Luis Panero

 

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