La última primavera
                                                                                          Por JOSÉ LUIS PANERO



Basándose en un relato de William J. Locke, autor que se hizo popular a comienzos del siglo pasado, Charles Dance vuelca su sensibilidad en su ópera prima, dejando que las grandiosas actrices ancianas, Maggie Smith y Judi Dench llenen la pantalla.

Cornualles, 1936. A pesar de los grandes acontecimientos históricos que están a punto de desarrollarse en Europa, esta ciudad se mantiene en un rincón del mundo al abrigo del paso del tiempo y de los avatares del exterior. De la información que les llega a través de la radio, granjeros y pescadores sólo muestran interés por la predicción atmosférica y del estado de la mar. Tampoco los forasteros ni los desocupados son especialmente bienvenidos en esta cerrada comunidad. En la playa que hay debajo de la casa de las hermanas Janet y Úrsula Widdington, se ha descubierto a un joven náufrago. Su aparición perturbará, sin embargo, las tranquilas vidas la hermanas y de la comunidad en la que residen desde siempre.

Las impresionantes actrices Maggie Smith y Judi Dench bordan sus personajes -que parecen estar escritos a su medida-, especialmente la última, que recupera su adolescencia al enamorase fatalmente del violinista polaco (Daniel Brühl). Desde Good Bye Lenin! nos habíamos acostumbrado a las interpretaciones del joven Brühl, ese rebelde con causa, siempre airado, flaco y combativo, que ahora se desencasilla y nos ofrece un más que convincente papel, en el que su capacidad para desarrollarse de manera romántica es evidente.

La última primavera narra con humor y nostalgia la batalla sorda que ambas hermanas sostienen por cuidar -de manera sana y sin pretensiones sexuales- al muchacho. Los celos, las rivalidades, la paranoia política de un mundo en tierra de nadie, y mucho amor auténtico son algunos de los temas que se desprenden de la cinta.

La última primavera es la carta de amor que Dance escribe a dos de las más formidables "damas" de la escena y el cine británicos, Maggie Smith y Judi Dench, ambas reconocidas con este título por la reina Isabel II. El espectador podrá elegir con qué intérprete desea identificarse: las miserias de la condición humana del hombre se encarnan en las hermanas.

La película también ofrece su particular moraleja sobre la música, capaz de combatir los sentimientos no compartidos y la intolerancia. El realizador también está al tanto del gran potencial místico de Cornualles y de los elementos fantásticos de cuento de hadas.

La última primavera es una película de personajes que no requiere efectos especiales: está dotada de un estilo cinematográfico contemplativo, y su director ha sabido plasmar la verdadera esencia de Cornualles. A partir de sus protagonistas se vuelca todo el material emocional contenido en la historia.

La puesta en escena, con esos amplios campos verdosos -que parecen salidos de un cuento de nuestra infancia-, además de esa estética pausada, sin brusquedades con la cámara, nos traslada a una época histórica sin precedentes.

Sin embargo, sobra cierta reiteración sobre el combate que mantienen las hermanas, y se echa de menos que no esté puesto tan de pegote la aparición de la joven Natascha, momento en el cual la historia gira y el duelo Dench-Smith disminuye.

Pero en el fondo, lo que hace poderosa a La última primavera es su manera de enfocar los temas: la soledad, las relaciones fraternales, el sentido que tiene la vida, aun cuando esta parece haber tomado un rumbo único, la ayuda al prójimo y la libertad y el respeto por el hombre para tomar decisiones. Hay escenas que son realmente memorables, capaces de que el espectador pase de la risa al llanto, y participe de manera directa con el sentir y el pensar sobre la ancianidad. Sabia lección sobre el comportamiento de los sentimientos.

José Luis Panero

 

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