| Lola: la película |
Por
JOSÉ MANUEL ESCRIBANO |
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Para empezar, a esta revelación que se llama Gala Évora, gaditana de Sanlúcar, 23 años, un porvenir como ella quiera. Jerez, primeros años 30. Lolita Flores es una morenilla con todo el duende del mundo, con apenas 10 años pero ya capaz de ponerse a bailar y a cantar –no importa cómo le salga- delante de la gente. No era más que una adolescente cuando, al término de la guerra civil, se instaló en Madrid, arrastrando a toda su familia, y consiguió debutar en el teatro de variedades. Desde el primer momento, su estilo artístico, nada ortodoxo pero lleno de fuerza y de pasión, conquistó al público. Sobre todo, al masculino. La película se ha arrancado con dos secuencias/prólogo -antes de que Lola llegue a Madrid- más bien tirando a olvidables, por no decir francamente malas. Pero a estas alturas, Gala Évora se hace con los mandos y la protagonista, el escenario y las circunstancias van tomando altura y profundidad. El guión se afirma y el director deja de titubear para irse a perfilar directamente su personaje: Lola Flores quiere ser artista; se sabe artista y quiere triunfar. En los escenarios y fuera de los escenarios, porque muy pronto es consciente del poder que la naturaleza le ha otorgado. Claro que Gala es mucho más guapa que Lola, y muchísimo más delicada, pero nos lo creemos sin esfuerzo, así es el cine. Lola inicia entonces una carrera que la llevará de sala en sala, de teatro en teatro, de éxito en éxito... y de hombre en hombre. Primero el guitarrista de la compañía –su primer amor y su primer desengaño mortal-, después un maduro negociante, generoso y confiado. Luego, antes, en medio y después de su tempestuosa relación, artística y sentimental, con Manolo Caracol, amores y amoríos con la “beautiful people” de la época: es decir, el torero, el futbolista, el rumbero y tiro porque me toca. Las hijas de Lola Flores –hablo ahora de la actualidad y de la repercusión que la película va teniendo- están que trinan con ella y hasta los nietos de Manolo Caracol parece que quieren que se impida su exhibición. Pues estaría bueno... Hermoso conoció a Lola –la dirigió en Truhanes, precisamente- y ha trabajado con Onetti en un guión que bebe en las fuentes de las biografías más solventes de la artista, además de en todos los periódicos y revistas, que están ahí para su consulta. Pero es que, además, no se juzga a Lola Flores. El personaje es una joven arrebatada, muy consciente de su vocación y de sus posibilidades, valiente y decidida, seguro que de buen corazón y, desde luego, con un evidentísimo interés familiar. Esta es la cuestión: lo que Lola desea e intenta una y otra vez, es lograr la estabilidad emocional que le puede dar un matrimonio. Los momentos más emocionantes de la narración, los más despiadados también, son los que reflejan la decepción de la artista ante las sucesivas negativas de sus amantes, que llegan hasta la burla y el sarcasmo sin medida. Pero Lola no se hunde, siempre sale a flote y la narración, fragmentada con delicadeza, nos la vuelve a mostrar intentándolo de nuevo. Hasta que llega a su final, que no es sino un punto y seguido, con Lola y Antonio González, su marido hasta su muerte, padres de su primera hija. Bien está lo que bien acaba, aunque luego vinieran muchos párrafos más. Pero la película se cierra sobre los ojos felices de Lola, los ojos todavía sorprendidos pero llenos de futuro, de la artista: Gala Évora, la mejor Lola Flores posible, la baza definitiva de esta obra, discutida seguramente, pero realmente bien contada y muchísimo mejor interpretada.
José Manuel Escribano
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