La maldición de la flor dorada: Rey Lear en la China de los años 30

                                                                                          Por JOSÉ MANUEL ESCRIBANO


 

Director: Zhang Yimou. Productores: Zhang Yimou, Zhang Weiping, William Kong. Guión: Cao Yu, Zhang Yimou. Intérpretes: Chow Yun-Fat, Gong Li, Liu Ye.

Nueva película del director chino, el líder de la llamada “5ª Generación” –de la que forman también parte Chen Kaige y Zhang Junnzhao- y el más conocido y premiado de todos ellos. Es la número 16 de su filmografía, que contiene títulos inolvidables como Sorgo rojo –su extraordinario debut, hace ya 20 años-, Ju Dou, La linterna roja, Vivir, Keep Cool, Ni uno menos y El camino a casa.

 

Pero ahora concluye lo que parece ser el final de una trilogía dedicada al “wuxia”, el género de artes marciales que Zhang Yimou eleva a la categoría de cine operístico, de majestuosa potencia visual. Lamentablemente, ha ido a menos: Hero (2002) contenía un espectacular acento épico, que convivía perfectamente con la poética narrativa de su autor. La casa de las dagas voladoras (2005) era todavía una arrebatada historia de amor contada desde el relato caballeresco y el aliento mágico. Y este drama medieval de ahora mismo, que resuena con los ecos de Shakespeare –tan cerca de El rey Lear- y de la tragedia griega, se eleva desde una puesta en escena fastuosa en los interiores y apabullante –y digital- en los exteriores, para perderse después en una conclusión barroca, no demasiado hábil y francamente interminable.

La maldición de la flor dorada cuenta una historia situada en el siglo X, en el declive de la dinastía Tang. El emperador regresa a palacio, después de cruentas batallas, acompañado de su hijo, el príncipe Jai. La emperatriz aguarda el retorno, nada ociosa; no se encuentra muy bien, pero toma su medicina puntualmente, borda labores preciosísimas y aún tiene tiempo para entretenerse con el primogénito del emperador, su hijastro y príncipe heredero Wan. Quien también está bastante ocupado, planeando escapar de la corte con su joven –y secreta- amada Chan, hija del médico imperial. Mientras, el tercer hijo del emperador, Yu, espera pacientemente su oportunidad; sus hermanos mayores tienen más fácil poder llegar al trono, pero ya se sabe que los chinos no tienen prisa.

 

 

Bueno, en realidad, sí. Sobre todo cuando las intrigas palaciegas –las amorosas y las otras- se van desvelando, y los odios y el rencor afloran por encima de los maravillosos ambientes multicolores, entre los perfumes de las decadentes flores decoradas por debajo de los lujosos y complicados vestidos de gala, desde el corazón herido y las vísceras ardientes. Entonces llega la batalla, cuerpo a cuerpo, espadas, manos y ojos; y también entre los ejércitos multitudinarios, soldados azules o dorados, en el mismo pórtico del palacio, en las escaleras, en la explanada capaz de contener millones de flores sobre la pradera o miles de cadáveres asaeteados entre un río de sangre, según la hora.

 




Un lujo de colores, imágenes, sugerencias plásticas... que no se corresponden con la acción, que se va enredando y complicando, no siempre de forma rigurosa. El gusto de Zang Yimou por la escenografía y el tono operístico –en el peor sentido de la ampulosidad y el artificio- le lleva a la desmesura y al truco digital en detrimento de la sencillez, la hondura y la poesía de su obra más comprometida y contemporánea, donde lo cotidiano se hace metáfora universal.

Su reencuentro con Gong Li, que fue su musa y compañera tantos años, no es todo lo fructífero que se hubiera deseado. Ella es una magnífica actriz, reconocida mundialmente, y lo demuestra, no faltaba más; y también sus compañeros de reparto –encabezados por Chow Yun-Fat, el protagonista de Tigre y dragón-, en unos papeles arriesgados, que bordean a veces la desmesura y la incomprensión. Pero hay que otorgarles demasiado crédito para aceptar las piruetas –físicas y sentimentales- a las que les obliga este argumento, que, en realidad, habría quedado mejor en el sentido original de la novela de la que procede: la lucha por el poder en la China de los años 30. Una familia mafiosa y unos hijos que pelean por quedarse con el negocio: eso sí que es un conflicto que no pasa nunca de moda.

José Manuel Escribano