Million Dollar Baby: Con el alma a flor de piel
                                                                                          Por SILVIA GARCÍA JEREZ


¿Cuántas veces te ha pasado que mientras estás viendo una película la vas disfrutando en cada plano? Supongo que no muchas, pero Million Dollar Baby puede ser una gran ocasión para fijar en la memoria el hecho de que con ella tal cosa ocurrió, aunque también es posible que sólo a la salida caigas en la cuenta. No sería extraño, dado lo intensa que es y la capacidad que tiene de meter al público en el mismísimo cuadrilátero.

       Y es que el film toca de lleno el tema al contar la historia de una treintañera cuyo mayor deseo es el de que alguien confíe en ella y le dé la oportunidad de demostrar la clase de boxeadora que puede llegar a ser.

Dicha oportunidad se la acaba dando un entrenador inicialmente reticente a transmitirle sus conocimientos.

       Basándose en Rope Burns: Stories from the corner, una serie de historias que vieron la luz en el año 2000 gracias a su creador, el ex entrenador, fallecido hace dos años, Jerry Boyd, que las publicó bajo el pseudónimo de F. X. Toole, el guionista Paul Haggis disecciona los pormenores del deporte que Boyd tan bien conoció, siempre, claro está, hasta donde la película lo necesita, y Clint Eastwood transforma en imágenes lo escrito consiguiendo no sólo uno de los mejores títulos de su carrera como director y como actor, ya que además la protagoniza, sino también uno de los más duros.

       Así es, se trata de una cinta muy dramática, tal vez demasiado para quienes no vayan esperando más que un simple viaje al mundo de los puñetazos con enormes guantes y de los protectores de dentaduras. Porque es una película sin concesiones que, aunque supera por poco las dos horas de duración, va al grano en todo momento, sin tiempo para el descanso. Cada frase es primordial y está dicha en su momento justo. Cada coma importa, al igual que las miradas y los mínimos detalles. Nada falla en este prodigio logrado por Eastwood, sólido director capaz de emocionarnos únicamente con la exhibición de puro cine que son sus perfectos emplazamientos de cámara. Claro, que su grandeza no se conforma con ofrecernos un único regalo portentoso, también utiliza maravillosamente la banda sonora, subrayando sólo los momentos que lo necesitan y desde luego hace gala, una vez más, de su talento a la hora de dirigir actores, ya que desde los protagonistas hasta el último de los intérpretes resultan memorables, aunque no puedo dejar de destacar a dos de los nombres más brillantes del reparto: el de Hilary Swank, en un papel difícilmente olvidable, y el de Morgan Freeman, que demuestra su clase y su talento ofreciendo sabiduría a los personajes en sus conversaciones y a los espectadores con una de las mejores voces en off escuchadas en años en una pantalla.

      Million Dollar Baby te deja con la boca abierta. Bueno, no, en realidad lo más probable es que te quedes con la boca cerrada, posiblemente con lágrimas en los ojos y casi seguro que con el alma a flor de piel. A veces el cine produce estas reacciones y consigue que reflexiones, o que sencillamente para ti la película no haya terminado cuando las luces de la sala se enciendan, porque tú aún puedes verla, porque en ti continúa y te sigue emocionando. A veces vale la pena que el cine sea más que un entretenimiento, lo necesitamos para crecer como espectadores. Podemos y debemos ser capaces de pedirle que nos cuente historias que hablen de la gente, de nosotros, aunque lleguen a dolernos incluso físicamente, milagro éste que no se siente todos los días desde la butaca de una multisala y que Eastwood logra con una facilidad estremecedora. Es por eso que su último trabajo te deja con la boca abierta, porque es muy reconfortante que alguien nos recuerde de lo que es capaz el arte.

Silvia García Jerez