Se lo cuenta a su amiga íntima, a la actriz y a cualquiera que se encuentra a mano; seguramente –nuevo error del guión- por si el espectador es bobo o –lo que es más probable- está pensando en otra cosa... No es la única, porque también los otros personajes hacen lo mismo; y además, en un tono tan discursivo y literario que más parece una novela del siglo anteúltimo. Así, ni Adolfo Fernández –estupendo actor-, ni Núria Gago –que ahora trabaja mucho, suerte que tiene-, ni Cuca Escribano, ni María Bouzas, pueden con sus papeles ni se los creen ni transmiten un asomo de veracidad.
Y para colmo, la historia embarranca luego en un conflicto en el que se mezclan celos, abandonos, pasiones relativas y renuncias sofisticadas, asuntos laborales con su gotita de realismo de mala baba, una teoría del ping-pong como metáfora de las relaciones humanas..., y siempre una conducta de la protagonista que quiere merecer aplauso mientras la de sus oponentes masculinos da grima de tan estúpida y decadente. Así es que no es de extrañar que la película termine con un final abierto –porque no la saben resolver-, precedida de una escena bochornosa de videoclip en la playa, y con la sensación de haber perdido el tiempo y el dinero.
Quizá Gerardo Herrero no, que como experto negociante sabrá sacarle partido a este producto; es su responsabilidad, porque tampoco él ha hecho nada de particular para salvar la historia; todo lo contrario. Pero no le debe importar: tiene en cartera para inmediato estreno cuatro películas más, una de las cuales, Que parezca un accidente, también dirige. Pues eso.
José Manuel Escribano
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