Una mujer invisible
                                                                                          Por JOSÉ MANUEL ESCRIBANO


 

Directores: Gerardo Herrero. Producción: Gerardo Herrero, Mariela Besuievski. Guión: Belén Gopegui. Intérpretes: María Bouzas, Adolfo Fernández, Núria Gago.

Décimotercera película dirigida por Gerardo HerreroDesvío al paraíso, Malena es un nombre de tango, Heroína, Los aires difíciles...-, con una carrera mucho más estimulante como productor: casi noventa obras en las dos últimas décadas, para directores como Felipe Vega, Alain Tanner, Ken Loach, Adolfo Aristarain, Oristrell, Urbizu o Gutiérrez Aragón. Como director, ha trabajado con Belén Gopegui de guionista en tres películas: Las razones de mis amigos, El principio de Arquímedes y ésta, que es, precisamente, la peor.

 

Y es, en efecto, por culpa de la escritura. Gerardo Herrero rueda con cierto desaliño, sin ningún virtuosismo y a veces sin demasiado rigor. Pero su cine se salva en la medida en que el guión tenga la calidad necesaria para sobreponerse a estos defectos; y así sucede con sus mejores momentos. Gopegui, sin embargo, ha compuesto una historia mucho más floja que en sus anteriores colaboraciones; tanto, que parece un trabajo apresurado, sin pulir, que resulta ramplón, poco inteligente y nada apasionante.

Cuenta la historia de Luisa, una mujer entrada en la cuarentena, divorciada y con una hija adolescente. Está bien situada en una moderna empresa de atención telefónica, no parece tener problemas económicos, pero su vida afectiva empieza a resentirse de su escaso atractivo para los hombres. Se ha dado cuenta de que no la miran, ni siquiera la ven: resulta invisible para ellos. Hay dos factores que provocan esta circunstancia –nos explica Gopegui-: uno, que la edad no perdona, y Luisa ya no es tan joven ni atractiva como Marina, la novia de Jorge, su jefe inmediato –que casualmente, trabaja en el “call-center” de la misma empresa-. Y otro, que este mundo es asquerosamente machista y los hombres –sobre todo los que mandan- son unos gilipollas.

 

 

Sobre estas premisas, que no están nada disimuladas, Luisa organiza su táctica de defensa propia y reivindicación, que termina siendo un asalto sentimental en toda regla. Decide hacerse presente, materializarse ante Jorge, interesarlo y seducirlo; y para ello utilizará todas las armas que su experiencia –ya que no su atractivo- le ha ido facilitando. Y por si no son suficientes, pide ayuda a una actriz para que, a través del personaje que interpreta en el teatro, le dé las claves de la fascinación infalible. Qué cosas... Lo que también hace Luisa es ir contando todo: sus intenciones, sus progresos y sus decisiones.



Se lo cuenta a su amiga íntima, a la actriz y a cualquiera que se encuentra a mano; seguramente –nuevo error del guión- por si el espectador es bobo o –lo que es más probable- está pensando en otra cosa... No es la única, porque también los otros personajes hacen lo mismo; y además, en un tono tan discursivo y literario que más parece una novela del siglo anteúltimo. Así, ni Adolfo Fernández –estupendo actor-, ni Núria Gago –que ahora trabaja mucho, suerte que tiene-, ni Cuca Escribano, ni María Bouzas, pueden con sus papeles ni se los creen ni transmiten un asomo de veracidad.

Y para colmo, la historia embarranca luego en un conflicto en el que se mezclan celos, abandonos, pasiones relativas y renuncias sofisticadas, asuntos laborales con su gotita de realismo de mala baba, una teoría del ping-pong como metáfora de las relaciones humanas..., y siempre una conducta de la protagonista que quiere merecer aplauso mientras la de sus oponentes masculinos da grima de tan estúpida y decadente. Así es que no es de extrañar que la película termine con un final abierto –porque no la saben resolver-, precedida de una escena bochornosa de videoclip en la playa, y con la sensación de haber perdido el tiempo y el dinero.

Quizá Gerardo Herrero no, que como experto negociante sabrá sacarle partido a este producto; es su responsabilidad, porque tampoco él ha hecho nada de particular para salvar la historia; todo lo contrario. Pero no le debe importar: tiene en cartera para inmediato estreno cuatro películas más, una de las cuales, Que parezca un accidente, también dirige. Pues eso.

José Manuel Escribano

 

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