El prado de las estrellas * * * |
Por JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN |
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Director y guionista: Mario Camus. País: España. Año: 2007. Duración: 85 min. Género: Drama. Intérpretes: Álvaro de Luna (Alfonso), Marián Aguilera (Luisa), Rodolfo Sancho (Mauri), Óscar Abad (Martín), Mari González (Nanda), Juan Margallo (Escobedo), José Manuel Cervino (Tasio), Antonio de la Torre (Ramiro), Juan del Santo (Amado Beotegui), Carlos Chamarro (Pedro). Producción ejecutiva: Rodolfo Montero de Palacio y Nano Montero. Música: Sebastián Mariné. Fotografía: Hans Burman. Montaje: José María Biurrún. Dirección artística: Papick Lozano. Vestuario: León Revuelta. Drama. Alfonso es un hombre de campo, ya jubilado, que vive en un pequeño pueblo de Cantabria. Su principal ocupación es visitar dos veces por semana a Nanda, una anciana que fue su vecina y que hizo las veces de su madre cuando murieron los padres de Alfonso siendo él un crío. Nanda vive ahora en una residencia de ancianos de Comillas, abandonada por sus dos hijos, que esperan su muerte para repartirse sus tierras, y especialmente un prado frente al mar, con el que piensan dar un pelotazo inmobiliario. En el asilo trabaja Luisa, una joven asistente social cuyo corazón está dividido entre un joven de su pueblo y un mecánico de motos, al que acaba de conocer. Las vidas de Luisa y Alfonso se entrecruzan cuando él ve correr en bicicleta a Martín, el hermano de Luisa, un chaval sacrificado y trabajador, al que le encanta el ciclismo. Alfonso le propone entrenar en serio con un amigo suyo para poder convertirse en ciclista profesional. A este nuevo largometraje de Mario Camus (La colmena, Los santos inocentes, Sombras en una batalla, El color de las nubes) cabe reprocharle un tono demasiado literario, discursivo y nostálgico, así como ciertas premiosidades narrativas, especialmente en las carreras ciclistas y en su exhaustivo muestrario de paisajes cántabros, algunos bellísimos, pero a veces poco integrados en la acción. Sin embargo, el veterano cineasta santanderino cautiva al espectador gracias a sus entrañables personajes, todos interpretados con convicción y emotividad, a pesar de las declamaciones que les impone el guión. Sobresalen Álvaro de Luna y el debutante Óscar Abad, que optan a los Premios Goya al Mejor Actor y Actor Revelación, respectivamente. Además, da gusto dejarse hipnotizar por la serena puesta en escena de Camus, reforzada por la sorprendente partitura de Sebastián Mariné, muy eficaz en su arriesgada opción por la atonalidad y la abstracción. Por lo demás, la crítica de Camus al consumismo, la especulación inmobiliaria y el materialismo resulta un tanto esquemática y convencional, pero cae simpática por su entusiasta exaltación de la amistad, la solidaridad, el sacrificio, el trabajo bien hecho, la buena educación y, sobre todo, la humildad, presentada como la principal virtud de todo gran hombre. Por eso la película se inicia con aquellos versos de T.S. Elliot: “La única sabiduría que podemos esperar adquirir es la sabiduría de la humildad”. Pues, según Camus, es precisamente la humildad la que permite al ser humano afrontar los grandes retos de su vida —que probablemente le exceden—, y también disfrutar con esas pequeñas cosas buenas que llenan el corazón y hasta el alma.Jerónimo José Martín
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