Pudor: "Recato, modestia, mal olor"
                                                                                          Por JOSÉ MANUEL ESCRIBANO

 


 

Directores: Tristán y David Ulloa. Producción: José Antonio Félez. Guión: Tristán Ulloa. Intérpretes: Nancho Novo, Elvira Mínguez, Celso Bugallo, Natalia Rodríguez.

Primer largo de los hermanos Ulloa: Tristán, hasta ahora actor, y David, realizador de televisión. Hicieron juntos un corto, Ciclo, y ahora se han pasado al formato grande con esta historia que parte de una novela del peruano Santiago Roncagliolo, que ha reescrito Tristán y que ha producido José Antonio Félez, el más interesante de los jóvenes productores independientes de este país: suyas son ¿Por qué se frotan las patitas?, Cabeza de perro, AzulOscuroCasiNegro, 7 vírgenes, Elsa y Fred, Astronautas, Noviembre y El Bola, entre otras.

 

Tristán y David han trabajado juntos en la preproducción y la postproducción, pero en el rodaje se han repartido las tareas: David se ha responsabilizado de la realización técnica, y Tristán ha trabajado con los intérpretes; y la fórmula parece que les ha dado resultado. Pudor es una película muy interesante, lo que no quiere decir que sea fácil de ver, ni suponga un oasis de alegría, precisamente. No en vano los autores han señalado repetidamente que “pudor”, además de recato y modestia, también significa mal olor.

No es que los personajes o las situaciones repugnen, más bien al contrario; pero el silencio en el que viven, la ausencia de comunicación, el mundo cerrado de cada cual, en el que no dejan entrar la ventilación de la convivencia, termina seguramente por marchitar y descomponer la vida en común y la propia de cada uno. Alfredo y Julia son todavía un matrimonio, pero los dos guardan sus secretos, sus temores, sus incomprensiones y su frustración. Probablemente, querrían hablar, explicarse, compartir esa oscuridad para romperla con la luz de la comprensión y el apoyo. Pero no pueden, ya no saben. Y la vergüenza es mayor que la necesidad.

 

 

Y lo mismo les sucede a sus familiares y amigos: sus hijos –tropezando con su adolescencia ingobernable la niña, prendido en un ensueño fantástico el chavalín-, el abuelo –silencioso en su ideal recobrado-, los parientes –Pilar y Juan Luis, ensimismados y definitivamente distantes... Las vidas de todos ellos discurren en soledad, y si se aproximan no hay encuentro, sino encontronazo: Alfredo se equivoca cuando atisba a su mujer tras la cristalera del bar; Julia desconoce el rumbo de su marido, y descubre sólo el equívoco y el miedo; Juan Luis ya no tiene ni idea de quien vive con él, y Pilar ya no sabe qué parte del cuerpo retocarse, a ver si su marido –o si no, cualquiera otro- repara en ello.



El espectador tampoco tiene fácil el acceso a esta historia. A menudo, los Ulloa no nos dejan acercarnos, tenemos que mirar de lejos, o a través de la ventana, o sorteando puertas que se entreabren, muebles que estorban o el tráfico de la calle. No hay, no se pretende, ninguna empatía: sólo la exposición de estos carriles paralelos por los que, sin embargo, marchan trenes sobradamente conocidos. Porque a pesar de la lejanía, el silencio y la vergüenza –o a lo mejor por eso mismo- estos personajes y estas relaciones son de una descarnada y certera realidad. Lo más cruel de este cuento cruel es, todavía, la constatación de que estas personas existen, están ahí, a nuestro lado; somos, en la parte que cada uno se quiera reconocer, nosotros mismos.

Nancho Novo concluye el mejor trabajo de su carrera, y Elvira Mínguez –en un registro que conoce muy bien- vuelve a dar en el clavo y se llevó merecidamente el premio de interpretación en el pasado Málaga. Todos los intérpretes están bien, porque saben de la verdad de sus personajes, y sorprende además la madurez de los chicos, con una apabullante Natalia Rodríguez, que será el día de mañana lo que ella quiera, porque condiciones las tiene todas. Pero si se destacan los artistas es porque han sabido reconocer la hondura de un guión sin contemplaciones ni desvanecimientos, y la atmósfera contenida, casi mortecina, retratada en la pantalla.

Es una propuesta de una formidable coherencia estética -casi diría moral-, una narración hacia dentro, hasta la conciencia, y una apuesta por la inteligencia del espectador, su capacidad de reflexión y, desde luego, su amor por el cine.

José Manuel Escribano

 

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