El espectador tampoco tiene fácil el acceso a esta historia. A menudo, los Ulloa no nos dejan acercarnos, tenemos que mirar de lejos, o a través de la ventana, o sorteando puertas que se entreabren, muebles que estorban o el tráfico de la calle. No hay, no se pretende, ninguna empatía: sólo la exposición de estos carriles paralelos por los que, sin embargo, marchan trenes sobradamente conocidos. Porque a pesar de la lejanía, el silencio y la vergüenza –o a lo mejor por eso mismo- estos personajes y estas relaciones son de una descarnada y certera realidad. Lo más cruel de este cuento cruel es, todavía, la constatación de que estas personas existen, están ahí, a nuestro lado; somos, en la parte que cada uno se quiera reconocer, nosotros mismos.
Nancho Novo concluye el mejor trabajo de su carrera, y Elvira Mínguez –en un registro que conoce muy bien- vuelve a dar en el clavo y se llevó merecidamente el premio de interpretación en el pasado Málaga. Todos los intérpretes están bien, porque saben de la verdad de sus personajes, y sorprende además la madurez de los chicos, con una apabullante Natalia Rodríguez, que será el día de mañana lo que ella quiera, porque condiciones las tiene todas. Pero si se destacan los artistas es porque han sabido reconocer la hondura de un guión sin contemplaciones ni desvanecimientos, y la atmósfera contenida, casi mortecina, retratada en la pantalla.
Es una propuesta de una formidable coherencia estética -casi diría moral-, una narración hacia dentro, hasta la conciencia, y una apuesta por la inteligencia del espectador, su capacidad de reflexión y, desde luego, su amor por el cine.
José Manuel Escribano
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