La película arranca en
1946 y concluye en 1979, recorrido necesario para subrayar los sucesos
vitales del cantante y pianista, para muchos iniciador del soul, que a
los cinco años se quedó ciego.
Una de las reflexiones de Ray
gira en torno a la necesidad de la estabilidad familiar, y de la influencia
maternal contagiada: las veces que el protagonista se ve al borde de todo
-la fama le dio dinero, droga, soledad y amantes-, un flashback nos sitúa
en su origen humilde, cuya madre le aconseja por dónde continuar.
Otra idea interesante es la metáfora sobre el temor al agua, pues
de niño vio cómo su hermano George se ahogó.
Muy bien rodada, y con un guión
consistente, el refinamiento por el detalle es exquisito, igual que la
dirección de actores y sus generosas aportaciones musicales. El
filme insiste en el contraste entre Dios (Ray lee el Antiguo Testamento)
y la música Gospel, que él interpretaba, y que en principio
fue considerada pagana.
La película no escatima en
algún detalle sexual o en los momentos en que Charles consume heroína.
Pero también exalta la figura de la familia, el poder de redención
humana y el espíritu de sacrificio. Imprescindible documento del
genio musical. ¡Ah, se oyen campanas de Óscar!
José Luis Panero
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