La soledad: mucho más que una historia común
                                                                              Por MARÍA JOSÉ SÁNCHEZ LERCHUNDI



Director: Jaime Rosales. Producción ejecutiva: María José Díez. Producción: Jaime Rosales, José Mª Morales, Ricard Figueras. Guión: Jaime Rosales. Fotografía: Óscar Durán. Intérpretes: Sonia Almarcha, Petra Martínez, Miriam Correa, Nuria Mencía, María Bazán.

Nada tan corriente como la historia de estas dos mujeres: Adela, treintañera, quiere empezar otra vida; deja atrás la familia y el pueblo, y va con su hijito a la ciudad. Antonia, sesentona, también querría una vida nueva, sin las tristezas de viuda, ni las peleas de las hijas. Ellas no se conocen, son ajenas la una a la otra. Pero son, sobre todo, ajenas a la muerte que les ronda.

 

El primer largometraje de Jaime Rosales, Las horas del día (2003) nos puso inmediatamente sobre la pista de un creador de una pieza pero eso sí: con vocación de duro, impactante y un tanto engreído; ahora, en este segundo largo, supera el listón y mejora entre otras razones porque supera aquel aire de alumno aventajado, aquel narcisismo formalista. Se ve que Rosales ha madurado y no sólo eso: se ve que llega con el colmillo retorcido, con alma de tahúr, escondiendo la jugada para ganarle la partida al espectador. Primero le embauca y le coloca frente a dos historias aparentemente sencillas para, inmediatamente después, llevarle a su terreno, asestarle un golpe de mano, y atraparle en una atmósfera, su atmósfera absolutamente personal. Ya no hay escapatoria.

Y todo esto se resuelve en una ecuación bien clara: el guionista sensible que lleva Rosales dentro le inclina a buscar personas, gente, común y vulgar. Y el director exquisito que también le acompaña da más tarde una lección de buen gusto cuando filma. Siempre consigue que la cámara no quiebre la naturalidad de sus personajes, esa es su gran baza. Y luego, la factura y la elegancia en la puesta en escena. Sólo un gran director de actores les hace entender así la partitura, sólo un gran director de actores logra esa sintonía. De completo escalofrío, por ejemplo: Sonia Almarcha (Adela) y Petra Martínez (Antonia). Actores poco conocidos, al servicio de algo que sabe a verdad, a cercanía, eso tan difícil que hace aún más impactante la tragedia. Porque La soledad es eso, una historia común, muy nuestra, en torno al desconcierto, a la imposibilidad de controlar el ser y estar con nosotros mismos y con los demás. ¿Y por qué La soledad? porque estas dos mujeres no la buscan; pero la encuentran y cuando eso ocurre, no se arrugan, son más ellas que nunca...

Ante situaciones dramáticas, abiertamente dramáticas, el director maneja la sobriedad; ante la emoción (y hasta la conmoción) opta por la inteligencia, sin llegar nunca al exceso, sin buscar fácilmente la lágrima, sin avasallar. Impecables, por cierto, las reuniones familiares, las discusiones, los tira y afloja de las hermanas.

Aunque no todo es redondo en esta película de Rosales: el arranque, sin ir más lejos, resulta disperso, no está a la altura. Y aunque controla el encuadre y coloca muy bien la cámara la división vertical de la pantalla (la polivisión, le llaman) puede ser un hallazgo estético, una propuesta bienintencionada. Pero perturba. Y dispersa al espectador, demasiado atento a ratos a adivinar el ángulo por el que el personaje entrará en pantalla; un juego al que el director nos obliga. Y un riesgo innecesario, si tenemos en cuenta que ya entraña suficiente riesgo rodar, como ha rodado Rosales, esta gran película, condenada a las minorías.

María José Sánchez Lerchundi