SPANGLISH: TALENTO EVAPORADO
                                                                                          Por SILVIA GARCÍA JEREZ


No es justo. Y tampoco hay derecho. Hablar de James L. Brooks es referirse a un nombre con garantías, un hombre que no se prodiga en exceso ni como realizador ni como guionista en la gran pantalla, pero que cada vez que lo hace es para ofrecernos una clase magistral de lo que todo cineasta debe cultivar: historias con corazón que inunden la pantalla de verdad, escritas con el sentido común de la observación minuciosa de lo cotidiano, mezclando sabiamente el drama con la comedia, mostrando con naturalidad ejemplos de vidas que bien podríamos ser nosotros mismos quienes interpretáramos.

      


       Ésa ha sido siempre la grandeza de Brooks, filmar el día a día como ficción, que no se note y que no se haga pesado sino fascinante. Hacer fácil lo difícil. Que creamos que cualquier actriz hubiera valido para ser la Jane Craig de Al filo de la noticia o la Carol Connelly de Mejor… Imposible, cuando en realidad sólo Holly Hunter y Helen Hunt respectivamente podrían haberse convertido en ellas. Los actores saben que James es el mejor capitán, que pocas manos hay más perfectas que las suyas para que el modelado del personaje quede redondo, y por eso se vuelcan en ser los elegidos.

       Pero con Spanglish ese enorme talento parece haberse evaporado. No el relativo a la dirección de actores, que sigue estando a la altura de las que nos ofrecía en mejores tiempos, sin excepción alguna, todo un reparto exhibiendo un nivel interpretativo de cinco estrellas. No es eso lo que se ha evaporado, sino el talento del que depende lo demás, el que crea una historia coherente que nos mantiene interesados el tiempo que dura la película.

      La odisea de una hispana que entra con su hija a trabajar como criada en la casa de un acaudalado matrimonio de Los Ángeles carece de fuerza en buena parte del metraje. En concreto durante una hora y media. Los cuarenta minutos restantes, milagrosamente, levantan el nivel hasta encontrarse con aquellas alturas a las que ya volaron los trabajos por los que adoramos a su responsable. Pero no es suficiente: cuarenta excelentes minutos no hacen olvidar que antes nos hemos aburrido, y lo que es peor, nos hemos extrañado, porque nos han presentado acontecimientos que sin tener especial importancia se comportan en la generalidad del guión con un protagonismo imponente. Eso nos descoloca y nos mantiene con las dudas de qué nos quieren contar exactamente y dónde vamos a parar con los datos ofrecidos.

      Y la meta existe, por fortuna no es un tiempo perdido del todo. El argumento se endereza y lo que entonces entendemos que ha sido una enorme presentación de personajes se transforma en una historia que debía haber empezado antes, porque lo que acaba contando sí es cine, cobra por fin sentido y lo disfrutamos como merece: casi podría afirmarse que vale la pena ver Spanglish por la maravillosa escena del sofá, preciosa conversación que mantienen Adam Sandler y Paz Vega poco antes del final de la cinta.

      Sin duda la intención de la película, mostrar cómo las culturas americana e hispana cada día están más unidas y condenadas a entenderse, es admirable, y James L. Brooks explora magníficamente la necesidad de utilizar ambos idiomas, los mezcla en lo que a veces es un juego y otras una agonía, y es tan interesante, tan necesaria la muestra de dicha barrera, que también lo es el estreno de la cinta en su versión original, con subtítulos, claro, algo que no debería espantar a nadie, ya que el público demostró en su día que el latín y el arameo de La pasión de Cristo no lo echaban de las salas, a tenor de las cifras obtenidas en taquilla por la cinta de Mel Gibson.

      Pocos aciertos, más errores. Tal sería el balance definitivo que resume Spanglish, título fallido en la filmografía de un director que no acostumbra a tener puntos débiles, que es incisivo y preciso, y del que suele ser una gozada revisitar sus trabajos por mucho que pasen los años por ellos. Un desliz absolutamente injusto.

Silvia García Jerez