Ésa ha sido siempre la
grandeza de Brooks, filmar el día a día como ficción,
que no se note y que no se haga pesado sino fascinante. Hacer fácil
lo difícil. Que creamos que cualquier actriz hubiera valido para
ser la Jane Craig de Al filo de la noticia o la Carol Connelly
de Mejor… Imposible, cuando en realidad sólo Holly
Hunter y Helen Hunt respectivamente podrían
haberse convertido en ellas. Los actores saben que James es el mejor capitán,
que pocas manos hay más perfectas que las suyas para que el modelado
del personaje quede redondo, y por eso se vuelcan en ser los elegidos.
Pero con Spanglish
ese enorme talento parece haberse evaporado. No el relativo a la dirección
de actores, que sigue estando a la altura de las que nos ofrecía
en mejores tiempos, sin excepción alguna, todo un reparto exhibiendo
un nivel interpretativo de cinco estrellas. No es eso lo que se ha evaporado,
sino el talento del que depende lo demás, el que crea una historia
coherente que nos mantiene interesados el tiempo que dura la película.
La odisea de una hispana que entra con
su hija a trabajar como criada en la casa de un acaudalado matrimonio
de Los Ángeles carece de fuerza en buena parte del metraje. En
concreto durante una hora y media. Los cuarenta minutos restantes, milagrosamente,
levantan el nivel hasta encontrarse con aquellas alturas a las que ya
volaron los trabajos por los que adoramos a su responsable. Pero no es
suficiente: cuarenta excelentes minutos no hacen olvidar que antes nos
hemos aburrido, y lo que es peor, nos hemos extrañado, porque nos
han presentado acontecimientos que sin tener especial importancia se comportan
en la generalidad del guión con un protagonismo imponente. Eso
nos descoloca y nos mantiene con las dudas de qué nos quieren contar
exactamente y dónde vamos a parar con los datos ofrecidos.
Y la meta existe, por fortuna no es un
tiempo perdido del todo. El argumento se endereza y lo que entonces entendemos
que ha sido una enorme presentación de personajes se transforma
en una historia que debía haber empezado antes, porque lo que acaba
contando sí es cine, cobra por fin sentido y lo disfrutamos como
merece: casi podría afirmarse que vale la pena ver Spanglish
por la maravillosa escena del sofá, preciosa conversación
que mantienen Adam Sandler y Paz Vega
poco antes del final de la cinta.
Sin duda la intención de la película,
mostrar cómo las culturas americana e hispana cada día están
más unidas y condenadas a entenderse, es admirable, y James L.
Brooks explora magníficamente la necesidad de utilizar ambos idiomas,
los mezcla en lo que a veces es un juego y otras una agonía, y
es tan interesante, tan necesaria la muestra de dicha barrera, que también
lo es el estreno de la cinta en su versión original, con subtítulos,
claro, algo que no debería espantar a nadie, ya que el público
demostró en su día que el latín y el arameo de La
pasión de Cristo no lo echaban de las salas, a tenor de las
cifras obtenidas en taquilla por la cinta de Mel Gibson.
Pocos aciertos, más errores. Tal
sería el balance definitivo que resume Spanglish, título
fallido en la filmografía de un director que no acostumbra a tener
puntos débiles, que es incisivo y preciso, y del que suele ser
una gozada revisitar sus trabajos por mucho que pasen los años
por ellos. Un desliz absolutamente injusto.
Silvia García Jerez
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