Director: Iciar Bollaín. Productor: Juan Gordon. Guión: Paul Laverty. Intérpretes: Luis Tosar, Gael García Bernal, Karra Elejalde.
Quinta película –aparte cortos y fragmentos en obras colectivas- de la directora madrileña; que cuenta además con una treintena de títulos como actriz, actividad que no ha abandonado del todo. Hasta ahora me ha caído muy bien, sus películas me han gustado mucho y he celebrado sus triunfos y los premios conseguidos por la mayoría de ellas. Pero me ha parecido fatal la maniobra realizada con ésta última, falsamente exhibida en 2010 para acudir a las convocatorias del año pasado –incluidos los Goya, en los que ya veremos…- y, ahora sí, estrenada realmente en la víspera del día de Reyes.
Naturalmente, esto no supone una descalificación en cuanto a la calidad de la película. Que, para empezar, asume valientemente un riesgo importante, al escapar de los anteriores planteamientos más intimistas y los argumentos cotidianos de sus anteriores obras, para plantear un relato épico, con elementos de cine de acción y basado en un conflicto lejano en el espacio aunque cercano en el tiempo y en la ideología.
También la lluvia cuenta una aventura cinematográfica: Sebastián –Gael García Bernal– es un joven e ilusionado director mejicano que rueda en Bolivia la llegada de Colón a América. Con él está Costa, el productor –Luis Tosar–, un hombre pragmático y poco escrupuloso, que se las apaña para completar un reparto difícil entre la población del lugar; y también está Antón, un amargado y solitario actor –Karra Elejalde–, que compone un Cristóbal Colón bastante atípico al frente del abigarrado elenco. La película expone un punto de vista acerca del descubrimiento un tanto diferente del que estamos acostumbrados a estudiar. De hecho, los auténticos protagonistas son Bartolomé de las Casas y Antonio Montesinos, los frailes que alzaron su voz a favor de los indígenas, y estos mismos, liderados por el rebelde Hatuey, que se enfrenta a los españoles hasta la muerte. Hatuey está interpretado –en la película de Sebastián- por Daniel, un joven de la localidad, bastante concienciado y belicoso. Costa dice que “huele a problemas”, pero a Sebastián le gusta, precisamente, por su capacidad de arrastrar y convencer a sus paisanos.
Los dos tienen razón. De repente, en el pueblo estalla la “guerra del agua”. El suceso es auténtico: Cochabamba, abril del 2000. Ante la privatización y carestía consiguiente del agua, que el gobierno entrega al capital americano, los habitantes de la región se levantan en una protesta que empieza pacífica y termina en una batalla campal por las calles y las casas, con centenares de detenidos, heridos y muertos. Así, la revuelta complica gravemente el rodaje de la película; más aún cuando Daniel es detenido, los figurantes desaparecen y el mismo equipo, empezando por Costa, dudan seriamente si seguir la producción o abandonarla.
También la lluvia se despliega, por lo tanto, en tres dimensiones: la vida de las gentes del cine, la película que ruedan y la contienda entre las fuerzas gubernamentales y los campesinos. Cada una de estas partes se mezcla inevitablemente con las otras y, aunque siguen conservando su entidad, puede que se produzca algún que otro desajuste, alguna desorientación; no es muy grave, porque al final, como es lógico, las tres confluyen mientras se produce la toma de conciencia de los personajes. Sebastián y Costa, sobre todo, y también Antón, serán quienes resuelvan sus vidas con mayor dramatismo.
Como de costumbre, Icíar Bollaín acierta en el trazo de sus protagonistas; más que en el tratamiento de las escenas bélicas, o en la dinámica grupal de los lugareños –que ya hemos visto, de Ken Loach acá, bastantes veces-, en el trabajo con sus actores y en su aplicación a la defensa de los valores humanos, la verdad y la libertad. Aquí, en homenaje a unas gentes que, desprovistas de todo, lucharon por quienes les querían quitar el agua: la de sus casas y sus campos… Y, para colmo, también la lluvia.
Josemanuel Escribano
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