Nunca es tarde para enamorarse * * *

                                                      Por Mª JOSÉ SÁNCHEZ LERCHUNDI 

Título Original: Last chance Harvey. Año: 2008. EE.UU./Gran Bretaña. 92 min. Guión y Dirección: Joel Hopkins. Intérpretes: Dustin Hoffman, Emma Thompson, Eileen Atkins, Kathy Baker, Liane Balaban, James Brolin... Fecha de estreno en España: 8 de mayo 2009

Harvey, neoyorkino divorciado y pianista de jazz frustrado, sólo trabaja componiendo para anuncios publicitarios; recibe un “toque” del jefe, le queda una última oportunidad laboral, y con semejante aviso se va Londres, a la boda de su hija. Disgustado también allí porque no va a ser el padrino, abandona la boda para volver a tiempo a Nueva York pero pierde el avión y en el bar del aeropuerto, desesperado, empieza a hablar con Kate, una esquiva empleada que trabaja allí dentro, encuestando a los pasajeros y cuya vida gira en torno al trabajo, alguna infrecuente –y frustrada- cita a ciegas y las reiteradas y agobiantes llamadas de su madre...

 

La gracia está en hacerse con cuatro trapos un traje de gala. Y la profesionalidad (naturalidad más complicidad, se dice) es la clave para dos grandes actores que le sacan chispas a un guión más bien endeble. Hoffman y Thompson ofrecen aquí un recital de sabiduría, una ración de química insuperable. El director también aporta su granito de arena: la lucidez necesaria para dejarles libres y, por qué negarlo, un sentido estético, una puesta en escena, dulce y sin estridencias, que cede a sus personajes mayor prestancia y que a todas luces les favorece.

Por lo demás, el encanto de la historia (como el de los protagonistas) está precisamente en su falta de pretensiones; bien trazada, sabe buscar el pequeño detalle, el toque que define de un golpe un momento, una duda, una situación que a punto de ser ridícula, justo antes de parecer empalagosa o simplemente increíble, se salva por la fuerza arrolladora, impagable, de los dos intérpretes. Juntos y por separado desgranan los diálogos con tanta frescura, con tanta desenvoltura y desparpajo, que se hacen pasar por gente corriente. Cualquier testigo de su pequeña y discreta aventura, cualquier alma solitaria, puede identificarse con esos dos tipos tan normales, nada extraordinarios y tan lejos de los divos inalcanzables, guapos y rutilantes que pueblan continuamente la pantalla. Y aunque Nunca es tarde para enamorarse juega con esa ventaja, la de estar hecha de encargo, a la medida de los actores, resulta decididamente un regalo también para el espectador, pero sobre todo para los dos protagonistas; un regalo que ambos saben corresponder con creces.

Mª José Sánchez Lerchundi