|
La última vez que pensé
que una película merecía verse seis veces se tituló
"Las horas". La vi tres, que es, en frío, el récord
al que suelo someterme en los cines. En casa ya depende, según
cómo esté el mercado de adquisiciones recientes de dvd,
las apetencias y demás variables, pero la cuestión es que
ya he encontrado una película más, después de la
de Stephen Daldry, que me apetece repetir hasta que el cuerpo aguante.
Y la afortunada ha sido el ejemplo
perfecto para convencer a aquel que piense que los monumentos sólo
se podían encontrar en Roma o Grecia, porque en las salas oscuras
muy de vez en cuando se proyecta celuloide digno de ser calificado como
tal, como cualquiera de esas joyas que se visitan y se fotografían
bajo el característico sol infernal de dichos lugares, y "Kill
Bill vol. 2" tiene la madera suficiente para sumarse a la lista de
cuantas pueden visitarse las veces que se quiera, Quentin Tarantino lo
agradecerá más que el espectador que la disfruta, aunque
no pueda fotografiarse. No se debe al menos. Sabemos que es un acto, el
de la piratería, que se persigue y se castiga y pese a todo ya
encontramos la cinta en el mercado negro. Es inevitable. Pero sin duda
también es mejor verla en el cine. El que no lo haga se perderá
una parte importante del monumento creado por el director, y me refiero
más a la esencia del largometraje, o sea, a su conjunto al completo,
que a la grandiosa fotografía de Robert Richardson, el mismo que
ganó un Oscar por "JFK", que vuelve a demostrar aquí
no sólo que no ha olvidado la técnica de mezclar el blanco
y negro con el color, sino que es capaz de rizar el rizo y de atreverse
con lo que Tarantino le pida, ya sean sombras o... la pantalla absolutamente
en negro durante varios minutos.
Y es que desde el primer volumen,
Tarantino nos ha ido llevando junto a La Novia, una soberbia Uma Thurman,
a través de un viaje en el que la venganza ha sido el copiloto
de la justiciera, y Quentin hará en todo momento cualquier cosa
para conseguir que el público la viva con intensidad y hasta con
desagrado. Sí, no es fácil acompañar a La Novia en
esta entrega, el suplicio al que la somete el director hasta lograr su
meta es en algunos momentos una angustia para la que no todos estarán
preparados, y para contarlo de la mejor manera posible, Tarantino se vale
del arma que más le convenga, y si en la primera no dudó
en contarnos la historia de O-Ren Ishi (Luci Liu) en una secuencia de
animación antológica, en ésta tampoco se lo piensa
dos veces antes de dejarnos a oscuras...
Quentin demuestra con "Kill Bill vol.
2" una sabiduría extraordinaria. Ha logrado una película
muy distinta de la primera, pero absolutamente complementaria. Si en la
anterior predominaba la acción, en ésta los diálogos
son los protagonistas, y además estelares, brillantes, inolvidables,
y nada banales, ya que ninguno está puesto porque sí, al
contrario, rellenan los huecos a las preguntas que puedan surgir ante
tan extremos comportamientos, a los que, como buenos herederos de los
clásicos del cine de acción a los que homenajea, estamos
acostumbrados a no pedirles mucho más, a que las motivaciones de
los héroes para dar patadas estén tan trilladas que se limiten
a basarse en pretender recuperar el honor robado o huir de la cárcel,
y cuando vemos que en "Kill Bill vol. 2" son de una humanidad
digna del mayor de los románticos, no podemos por menos que quitarnos
el sombrero ante un director que le ha entregado su corazón a semejante
monumento a la violencia.
Por eso yo le daría las gracias
a Tarantino. Por eso y porque ha sido él el que ha logrado un sueño
que a buen seguro muchos ansiaban, y que si no han sido capaces de realizar,
al menos sí lo son de gozar, el hecho de que alguien rodara una
historia que, perteneciendo por derecho propio a la serie B, haya nacido
en un nivel donde su calidad es indiscutible, donde su inclusión
en una lista de preferidas de siempre no resulte un capricho propio de
quien sólo quiere divertirse en el cine, y Tarantino lo ha logrado
porque no ha descuidado a ningún espectador, y tampoco aspecto
alguno de la factura ni de la clase con la que siempre nos ha ofrecido
sus trabajos. Es decir, que ha dado el máximo, se ha esforzado
para no defraudarnos, y nos ha regalado, en bandeja de plata, esa leyenda
que justifica una carrera. Carrera que esperamos nos siga dando alegrías
como ésta, pero que si no lo hace tampoco importa, a Tarantino
le agradeceremos siempre que nos haya dejado conducir junto a La Novia
en su viaje para matar a Bill.
Créditos. Aplausos. Los habrá,
Quentin, los habrá. Y con el patio de butacas en pie si estuvieras
presente.
Silvia García Jérez
|
|