Kill Bill Vol. 2:
Aplausos para un monumento
                                                                                          Por SILVIA GARCÍA JÉREZ


       La última vez que pensé que una película merecía verse seis veces se tituló "Las horas". La vi tres, que es, en frío, el récord al que suelo someterme en los cines. En casa ya depende, según cómo esté el mercado de adquisiciones recientes de dvd, las apetencias y demás variables, pero la cuestión es que ya he encontrado una película más, después de la de Stephen Daldry, que me apetece repetir hasta que el cuerpo aguante.

       Y la afortunada ha sido el ejemplo perfecto para convencer a aquel que piense que los monumentos sólo se podían encontrar en Roma o Grecia, porque en las salas oscuras muy de vez en cuando se proyecta celuloide digno de ser calificado como tal, como cualquiera de esas joyas que se visitan y se fotografían bajo el característico sol infernal de dichos lugares, y "Kill Bill vol. 2" tiene la madera suficiente para sumarse a la lista de cuantas pueden visitarse las veces que se quiera, Quentin Tarantino lo agradecerá más que el espectador que la disfruta, aunque no pueda fotografiarse. No se debe al menos. Sabemos que es un acto, el de la piratería, que se persigue y se castiga y pese a todo ya encontramos la cinta en el mercado negro. Es inevitable. Pero sin duda también es mejor verla en el cine. El que no lo haga se perderá una parte importante del monumento creado por el director, y me refiero más a la esencia del largometraje, o sea, a su conjunto al completo, que a la grandiosa fotografía de Robert Richardson, el mismo que ganó un Oscar por "JFK", que vuelve a demostrar aquí no sólo que no ha olvidado la técnica de mezclar el blanco y negro con el color, sino que es capaz de rizar el rizo y de atreverse con lo que Tarantino le pida, ya sean sombras o... la pantalla absolutamente en negro durante varios minutos.

       Y es que desde el primer volumen, Tarantino nos ha ido llevando junto a La Novia, una soberbia Uma Thurman, a través de un viaje en el que la venganza ha sido el copiloto de la justiciera, y Quentin hará en todo momento cualquier cosa para conseguir que el público la viva con intensidad y hasta con desagrado. Sí, no es fácil acompañar a La Novia en esta entrega, el suplicio al que la somete el director hasta lograr su meta es en algunos momentos una angustia para la que no todos estarán preparados, y para contarlo de la mejor manera posible, Tarantino se vale del arma que más le convenga, y si en la primera no dudó en contarnos la historia de O-Ren Ishi (Luci Liu) en una secuencia de animación antológica, en ésta tampoco se lo piensa dos veces antes de dejarnos a oscuras...

      Quentin demuestra con "Kill Bill vol. 2" una sabiduría extraordinaria. Ha logrado una película muy distinta de la primera, pero absolutamente complementaria. Si en la anterior predominaba la acción, en ésta los diálogos son los protagonistas, y además estelares, brillantes, inolvidables, y nada banales, ya que ninguno está puesto porque sí, al contrario, rellenan los huecos a las preguntas que puedan surgir ante tan extremos comportamientos, a los que, como buenos herederos de los clásicos del cine de acción a los que homenajea, estamos acostumbrados a no pedirles mucho más, a que las motivaciones de los héroes para dar patadas estén tan trilladas que se limiten a basarse en pretender recuperar el honor robado o huir de la cárcel, y cuando vemos que en "Kill Bill vol. 2" son de una humanidad digna del mayor de los románticos, no podemos por menos que quitarnos el sombrero ante un director que le ha entregado su corazón a semejante monumento a la violencia.

      Por eso yo le daría las gracias a Tarantino. Por eso y porque ha sido él el que ha logrado un sueño que a buen seguro muchos ansiaban, y que si no han sido capaces de realizar, al menos sí lo son de gozar, el hecho de que alguien rodara una historia que, perteneciendo por derecho propio a la serie B, haya nacido en un nivel donde su calidad es indiscutible, donde su inclusión en una lista de preferidas de siempre no resulte un capricho propio de quien sólo quiere divertirse en el cine, y Tarantino lo ha logrado porque no ha descuidado a ningún espectador, y tampoco aspecto alguno de la factura ni de la clase con la que siempre nos ha ofrecido sus trabajos. Es decir, que ha dado el máximo, se ha esforzado para no defraudarnos, y nos ha regalado, en bandeja de plata, esa leyenda que justifica una carrera. Carrera que esperamos nos siga dando alegrías como ésta, pero que si no lo hace tampoco importa, a Tarantino le agradeceremos siempre que nos haya dejado conducir junto a La Novia en su viaje para matar a Bill.

      Créditos. Aplausos. Los habrá, Quentin, los habrá. Y con el patio de butacas en pie si estuvieras presente.

Silvia García Jérez