El pasado mes de abril se estrenó
en las pantallas españolas, con cierto retraso (tres años)
y rigurosa discreción, El oficio de las armas, galardonada
con nueve premios David de Donatello y firmada por uno de los nombres
legendarios del cine italiano, Ermanno Olmi, de quien no hemos tenido
ocasión de ver ningún filme desde el estreno de su adaptación
de la novela del austriaco Joseph Roth, La leyenda del santo bebedor,
rodada en 1988, donde por primera vez trabajó con actores profesionales.
Olmi es uno de los cineastas
italianos más refinados de las últimas décadas, conocido
sobre todo por la bellísima El árbol de los zuecos
(Palma de Oro del Festival de Cannes) y por la ya citada La leyenda
del santo bebedor (León de Oro de La Mostra Veneciana).
Ambientada en el siglo XVI, cuenta la historia
de Giovanni de Médicis —que encarna el actor búlgaro
Hristo Jivkov, que hace de apóstol Juan en La Pasión
de Cristo de Gibson—, gran caballero en el noble arte de la
guerra, y que fue un destacado miembro de la ilustre familia, que murió
a los veintiocho años defendiendo los Estados Pontificios del Papa
Clemente VII del ataque de los ejércitos del emperador Carlos V.
Se trata de un relato de dimensiones
épicas resuelto entre la bruma de los campos de batalla y las referencias
pictóricas de las secuencias intimistas, a partir del cual el cineasta
propone una sugestiva reflexión sobre la progresiva despersonalización
del arte de la guerra, a partir del momento en el que las espadas y el
cuerpo a cuerpo desaparecieron bajo la inexorable presión del progreso,
materializada en la irrupción de las armas de fuego.
El fascinante guión de Olmi
le sirve para pintar un bellísimo retrato de una época convulsa,
en la que el modelo del perfecto príncipe-caballero dibujado por
Maquiavelo (que pensó en Fernando el Católico) convive con
los mercenarios y los turbios manejos políticos de algunos nobles
italianos, que el sufrido capitán se apresura a justificar.
Conviene advertir que por su ritmo
y estética contemplativa, esta película única de
extraordinario rigor y bellísima puesta en escena no es adecuada
para verse en televisión. La fotografía, el montaje y la
música no pueden ser más acertados. Sin duda, quedará
como referencia de un cine exquisitamente respetuoso con la historia,
digno de los estudiosos de la materia, a la altura de los extraordinarios
experimentos de Rossellini, Rohmer o Feyder. Estremece comprobar hasta
qué punto un director es capaz de componer cada plano con un mimo
tan enriquecedor, tanto en una secuencia de una batalla, como en el lecho
de un enfermo en un palacio renacentista.
La película es notablemente
teatral, abusa de los primeros planos y la presencia de Dios es indiscutible.
Es fascinante la escena en la que un Cristo de madera románico
es "mutilado" para que los soldados preparen la leña
y puedan resguardarse del frío.
Olmi, fiel a su cine independiente, nos
marca la pauta temporal. Por unos instantes parece que el tiempo se ha
detenido y que la unidad espacial se troca patética. La claridad
en su discurso visual y la fluidez narrativa inesperada remontan una cinta
hecha desde el corazón. No se trata tanto de contar una historia,
sino de ser conscientes de cómo la cuenta el realizador de Il posto.
La mirada poética que arrojan los acontecimientos y la reflexión
moral que desarrolla nos conducen hacia la esperanza que todo hombre espera
cuando ha de abandonar la vida. Maravilloso suceso que debe verse más
de una vez.
José Luis Panero
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