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Fotógrafo de poemas
Con una dilatada e intermitente trayectoria,
Manoel de Oliveira, nacido en Oporto en 1908, es el director más
representativo del cine portugués en toda su historia. Luchador
en la débil estructura industrial del cine de su país, se
rebela como un buscador infatigable que practica todos los formatos y
reflexiona constantemente sobre la representación y la capacidad
del cine para indagar en lo real y fijar el instante, como se deduce de
estas palabras: "Cuando digo que el cine no existe, que lo que existe
es el teatro y que el cine es un proceso de fijación audiovisual
del teatro, es porque éste es rico, verdaderamente distinto del
teatro, es rápido y efímero. Si digo que el cine no existe
es de la misma forma que podía decir que la vida no existe, que
lo que existe de hecho es el teatro. Porque la vida se nos escapa en un
instante, el momento de ahora ya está perdido y, por tanto, lo
que nos queda de la vida es el teatro". De ahí que abunden
las adaptaciones de novelas y obras de teatro en su cine.
Trabaja en sus inicios como actor
y comienza a dirigir a finales de los años veinte con el documental
de estilo poético naturalista Douro, Faina Fluvial (1931)
æante el cual la crítica se divide radicalmenteæ al
que siguen otros cortometrajes. Todavía en los años ochenta
volverá a esa estética en el homenaje al realizador francés
Jean Vigo, que es Nice, à propos de Vigo (1983): un documental
de corte social donde se iniciaba "el punto de vista documentado".
Oliveira ha rodado numerosos documentales
etnográficos, de ciudades, biográficos, de viajes, pintura...
a lo largo de su prolífica carrera. Su primer largo es Aniki-Bobó
(1941), una obra sobre la vida cotidiana de niños de barrios populares
que anticipa el neorrealismo. Pasan veinte años, durante los cuales
realiza cortos experimentales, hasta Acto de primavera (O
acto da primavera, de 1961), donde recrea una representación
popular de Semana Santa. Su obra siguiente es una tetralogía sobre
los amores frustrados: O passado o presente (1971), Venilde
ou a Virgem-Mâe (1974), Amor de perdição
(1978) y Francisca (1981), todas ellas basadas en textos de la
literatura lusa. A partir de Sapato de cetim (1985), en la que
adapta al poeta converso Paul Claudel, y gracias al apoyo de instituciones
y festivales en Francia y Portugal, Oliveira rueda con asiduidad y una
enorme energía. Su cine comienza a ser conocido en Europa: la comedia
Os canibais, de 1988, Non ou a vã glória de mandar, de 1990,
en la que reflexiona sobre la decadencia del imperio portugués,
A divina comedia (1991), con enfermos mentales como protagonistas,
O dia do desespero (1992), que cuenta la agonía del escritor Castelo
Branco, El valle de Abraham (Vale Abrão, 1993),
la adaptación teatral La caja (A caixa, 1994),
El convento (O convento, 1995), Party (1966),
donde cuenta la celebración de un matrimonio en clave muy teatral,
la autobiográfica Viaje al principio del mundo (Viagem
ao principio do mundo, 1997), último trabajo de Mastroiani,
Inquietud (Inquietude, 1998), La carta (1999),
El principio de la incertidumbre (2002) y Un film falado,
de 2003. En postproducción se encuentra su última película
O Quinto Imperio (2004). Ha dejado filmado un documental autobiográfico,
A visita. Memórias e confissões (1982), que sólo
será visto tras su muerte.
El principio de la incertidumbre
En su predecesora película,
El principio de la incertidumbre, no hay trasfondo moral. En
ella no deja de existir una forma de vida de los europeos, que pretende
ser una visión crítica de ese modo de permanecer.
Oliveira ha tenido una relación
de colaboración artística con la autora de la novela, Agustina
Bessa-Luís, cuyo título da nombre a la cinta. El cineasta
portugués asegura que le gusta hacer películas de esta novelista.
No obstante, no deja de existir un conflicto entre experimentación
cinematográfica y la expresión literaria de Bessa-Luís.
Oliveira aclara que "no se trata de fotografiar una novela".
Los textos de la novelista son poco lineales y eso hace que sea difícil
su traslado al cine, pues están llenos de tintes muy analíticos,
asegura el director de La lettre.
Los símbolos
El principio de la incertidumbre
está lleno de símbolos. Oliveira explica que "cuando
se rueda no se hace arte", o al menos esa no es su intención.
Él se engancha a las imágenes. Es consciente de que los
ríos son formas de vida que desembocan en el mar, que es siempre
el espíritu, el más allá. Y los puentes, como las
palabras, se enlazan de nuevo. "La luz que al final inunda la imagen
es el símbolo por excelencia: la esperanza".
Prolífico realizador
Oliveira en los años noventa ha rodado
al año una película; a veces dos. La vitalidad de este cazador
de imágenes es brutal. Dice que no hay ningún secreto. "Somos
pobres criaturas y es el Creador el que dispone de nosotros. A unos les
ha dado una vida más larga; a otros más corta y a otros
una de sufrimiento...".
Definido por muchos como el "patriarca
del cine internacional" renuncia a abandonar el cine, a pesar de
que algunos lo hayan hecho con menos edad y en plenas condiciones creativas.
Estuvo mucho tiempo sin hacer cine; concretamente
catorce años, y eso le dio la posibilidad de reflexionar profundamente
sobre el cine: concibió este arte de una manera más pausada.
Podemos decir que hay un antes y un después de esos catorce años.
El cine para Oliveira se convirtió en algo más serio y entiende
que "debe también expresar sinceridad y autenticidad. Tiene
que notarse el respeto a la obra y a su contexto, y tiene que haber una
seriedad y rigor históricos, sobre todo cuando se filman películas
de época". Si ha de rodar en la época actual busca
orientación sobre lo que no conoce o no ha podido conocer. Su exquisitez
y perfeccionamiento en las formas le impiden rodar gratuitamente cualquier
película.
España y Portugal
Desde el principio las relaciones fueron
extrañas, aclara Oliveira. En España se recibe a los portugueses
gustosamente y en Portugal sucede lo mismo con los españoles, es
decir, de manera espléndida. "Quizá sea la propia cercanía
la que nos aleja", sentencia el realizador. Tal vez habría
mejor relación si existiese un puente que entrelazase culturas
si viviéramos más alejados físicamente. El director
de Un film falado nos ofrece una explicación histórica.
Fue el desastre del rey Sebastián de Portugal en África
la razón por la que el rey Felipe II alega sus derechos a la corona
portuguesa, y dos años después este rey entra en Portugal
con cuarenta mil hombres para adueñarse de la corona. En Portugal
se conoce este hecho como el de los "felipes". Antes de que
sucediera el desastre existió una dominación de sesenta
y tres años en Portugal y, por tanto, se generó un recelo
que creó una zanja entre España y Portugal que parece que
está desapareciendo. En opinión de Oliveira "el espíritu
portugués es más poético, más lírico
y, por ende, más universalista. El castellano está más
concentrado en sí mismo". No obstante reconoce que Portugal
está un poco desmembrado a la búsqueda de un rumbo. "Hace
treinta años el espíritu colonial era invencible. Después,
éste se ha disipado. Por entonces Portugal sabía gobernarse
a sí misma, pero perdió su identidad". La actual situación
es pasajera æcontinúa Oliveiraæ y no duda de que encontrará
su lugar definitivo pronto, pues tiene un recurso indiscutible, que es
su lengua, y que se habla en Angola, Brasil, Mozambique, etcétera.
Los personajes
No son ni sacrificados ni egoístas.
Son el fruto de la naturaleza humana. El hombre vive sujeto a unas normas
y su identidad se halla entre una multitud civilizada.
Sobre el hecho de la libertad
del hombre en su cine, Oliveira contesta a través de Spinoza, filósofo
portugués que huye de la Inquisición y que se va a vivir
a Holanda: "Nos creemos libres porque ignoramos las fuerzas que condicionan
nuestros movimientos, nuestras acciones".
Um filme falado
Su última aportación
a la gran pantalla es Um filme falado que se ha traducido como
Una lengua hablada. Se trata de uno de los trabajos más
ambiciosos en lo que se refiere a su visión del mundo actual. La
cinta es la metáfora del encuentro entre las diferentes culturas
mediterráneas. En cada uno de los puertos Oliveira pone el acento
en la llegada de una mujer al crucero. Ellas, invitadas especiales del
capitán (John Malkovich), conversarán sobre todo aquello
que las une y separa, cada una de ellas en su propia lengua, cada una
con sus penas, remordimientos y alegrías. Oliveira explota a conciencia
el carácter particular de cada una de sus actrices, y juega con
la frialdad de la Denueve, con el divismo de Irene Papas o con la triste
ternura de Stefanía Sandrelli. En ese espacio casi abstracto que
sirve como escenario la aparición violenta de las huellas del exterior
permitirán una reflexión final sobre la condición
actual del mundo; un mundo a la deriva, un mundo que se empeña
en invocar el final de la historia.
La exhibición
lujosa de la erudición a través de las palabras, alejándolas
de su utilización mediática y la ausencia de música,
entre otras lindezas que se dirigen en el mismo sentido, proponen la singular,
bienvenida experiencia, de enfrentarse a un uso intencionalmente primitivo
de la expresión cinematográfica, como queriendo mostrarla
desnuda, desposeída de los artilugios de hoy día...Y es
que no nos cansamos de recibir lecciones.
José Luis Panero
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