La tercera película de
la serie Harry Potter, basada en las novelas de la afamada y ahora multimillonaria
escritora británica J. K. Rowling, llega a nuestras pantallas convertida
en un auténtico fenómeno de masas de la cultura popular
moderna, y después de que las dos primeras de la serie, Harry
Potter y la Piedra Filosofal (2001) y Harry Potter y la Cámara
Secreta (2002), dirigidas por Chris Columbus, recaudaron más
de 600 millones de dólares sólo en el mercado norteamericano.
Esta entrega tiene la peculiaridad
de estar dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón y el resultado
es muy afortunado. Sin la experiencia para manejar grandes producciones,
el cineasta mexicano demuestra una gran habilidad narrativa y, sobre todo,
una vigorosa capacidad para la creación de ambientes de fantasía.
Harry Potter y el prisionero de Azkabán contiene varias
de las mejores cualidades de sus antecesoras: un riguroso sentido de la
aventura, una dosis de suspense y una pródiga cosecha para la imaginación.
El filme ha recreado sabiamente una atmósfera
más tenebrosa, más compleja en su definición visual
y más tétrica, que intensifica las líneas de misterio.
En sí misma la cinta es más oscura que las otras.
Con los personajes centrales más
crecidos -el propio Harry Potter y sus compañeros Hermione y Ron-
la película apuntala con sutileza la atracción sensual entre
ellos, al mismo tiempo que plantea unos diálogos trazados con mayor
inteligencia. El desarrollo argumental se sostiene con solidez, adaptándose
a las circunstancias de la evolución de los personajes.
Cuarón ha preferido pasar por
alto la parte de los partidos del quidditch, que en las anteriores
ocupaban un buen metraje, para dar rienda suelta a una sofisticada gama
de efectos especiales: sólo concede una leve referencia a la competencia
deportiva para concentrarse en el papel de los fantasmas y espectros que
buscan atrapar al prisionero de Azkabán. La trama es más
enriquecedora que la desarrollada en las anteriores películas.
Conserva de éstas el prólogo que narra la breve convivencia
con sus padres adoptivos.
Como sucedió en los dos primeros
filmes nos encontramos frente a una obra de pleno entretenimiento, que
posee el gran atributo de enganchar y atraer, como logran las novelas
mismas, tanto al público infantil como a los adultos, con una imaginería
visual interesantísima.
Las películas de Harry Potter
se disfrutan porque tienen encanto, carisma y personalidad, y ese es un
innegable mérito. Han sabido conjugar los avances tecnológicos
cinematográficos -propiedad de George Lucas- con historias bien
elaboradas que presentan un mosaico de singulares personajes. Las interpretaciones
de Alan Rickman (Profesor Severus Snape), Gary Oldman (Sirius Black) y
Emma Thompson (Profesora Sybil Trelawney) son las otras piedras que sostienen
la historia.
La cuarta película de la serie, ya
en preparación, Harry Potter y el Cáliz de Fuego,
que indiscutiblemente llevará el mismo sello en cuanto al estilo
narrativo y visual, ha sido encomendada al director inglés Mike
Newell, que ya realizó Cuatro bodas y un funeral y La
sonrisa de Mona Lisa.
Una oportunidad para el reencuentro con
la fantasía.
José Luis Panero
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