Roma:
Más provincia que capital
                                                                                          Por SILVIA GARCÍA JÉREZ


Adolfo Aristarain. Un gran director y guionista. No es americano, es argentino, y también su cine, pero no importa o no debería. En cuanto una película suya comienza ya no suele poderse dejar hasta que acaba. Porque lo que cuenta es universal. Está localizado en una tierra extraña para quienes acostumbran a que lo que se desarrolla en la pantalla grande, y también en la pequeña, informativos incluidos, todo sea dicho, tenga como fondo el otro lado del charco, pero es que ese escenario es tan sólo el jamón y el queso entre dos panes donde también suceden cosas que sus respectivos celuloides cuentan.


       Así, los temas que trata Aristarain no nos resultan lejanos, al contrario, sus mujeres son nuestras madres, nuestras vecinas. Sus hombres nuestros padres, nuestros amigos. Pero ninguno de ellos tiene la altura suficiente para saltar por encima de explosiones y persecuciones, que tan ajenas nos son, por otro lado.

       Lo que ocurre entonces es que a menor cantidad de medios más imaginación: la narrativa prima, los guiones se pulen, los personajes protagonizan las historias y éstas nos llegan y se nos quedan. En la memoria y en el corazón, ¿dónde si no?

       Eso era lo que sucedía con "Un lugar en el mundo", film portentoso en cualquier aspecto que se cite. Y lo que pasaba con "Martín (Hache)" en la que el entretejido de las relaciones entre amigos, amantes y sobre todo la de un padre y un hijo devolvía al cine a la categoría de arte.

      Luego decayó un poco con "Lugares comunes" y ahora se estrena "Roma" No se trata de un documental sobre la cuidad italiana, ni se hace referencia alguna a dicha capital. Roma es una mujer, la más importante en la vida de Joaquín Góñez: su madre. Lo malo es que esta vez Aristarain no ha acertado y no ha conseguido que Roma sea tan importante para nosotros. Susú Pecoraro, la actriz que la interpreta, no merece un pero. Es, aún con una larga filmografía a su espalda, todo un descubrimiento que nunca llega tarde si nos ofrece semejante prodigio. Tampoco de José Sacristán, que borda al maduro Joaquín Góñez afincado en España, puede decirse nada malo. Del resto ya es otro cantar.

      Entre ese resto se encuentra el mismo Joaquín, personaje interpretado no únicamente por Sacristán. Juan Diego Botto es él en su adolescencia y juventud en Argentina. Pero no es él. Los caracteres no coinciden. Botto dibuja a un Góñez amable, sencillo, tímido, no hay en él ni asomo del entrañable cascarrabias en que supuestamente se ha ido convirtiendo en sesenta años de existencia, por lo que tal cambio de personalidad debemos achacarla a un evidente fallo de escritura de guión.

      Eso sí, no hay que engañarse. El texto sería bueno si lo hubiese escrito y dirigido un principiante, no alguien que ha demostrado que es capaz de mucho más, incluso de hacernos llorar, alguien que conocía el dominio del ritmo cinematográfico como pocos. Ahora, al contrario de lo que sucedía con "Martín (Hache)", con la que uno disfrutaba cada secuencia, cada diálogo, el tiempo se detiene y "Roma" dura más que los siglos de su antiguo imperio.

      Aunque los desaciertos no acaban ahí. Puede decirse que comienzan con la carátula, donde la chica que acompaña a Botto no es Roma, y dado que la cinta gira en torno a la que sí lo es, el a mi juicio error, descoloca, la tapa no corresponde exactamente a lo que nos espera durante dos horas y media. Pasamos entonces a juzgar el contenido. Y concluimos que no es esta la "Roma" que queríamos ver. La "Roma" que tenía que haber sido. Esta Roma es más provincia que capital. Pese a todo, seguiremos confiando en él. A buen seguro la próxima nos devolverá en forma al Aristarain que echamos de menos.

Silvia García Jérez

 

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