| Tiempo de valientes |
Por
JERÓNIMO JOSÉ MARTÍN |
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En la hilarante No sos vos, soy yo, de Juan Taratuto, el actor argentino Diego Peretti daba vida a un cirujano que debía acudir a un psicoanalista tras la profunda depresión que le provocaba la huida de su esposa con otro hombre. Ahora es Peretti quien da vida a un psiquiatra en Tiempo de valientes, divertidísima comedia policíaca dirigida por Damián Szifrón, joven realizador argentino que creó la popular serie televisiva Los Simuladores y que debutó en el cine con el drama El fondo del mar. Vaya pareja La acción se desarrolla en el Buenos Aires actual. Para evitar una condena por conducción imprudente, el psicoanalista Mariano Silverstein solicita al juez una probation, figura legal argentina por la que el acusado elude el juicio a cambio de realizar determinadas tareas comunitarias relacionadas con su trabajo. A Silverstein le asignan atender durante un tiempo a los policías de una comisaría capitalina. Su primer paciente allí es Alfredo Díaz, un veterano inspector de la Policía Federal, destrozado por la infidelidad de su mujer. Silverstein iniciará su tratamiento acompañando a Díaz durante la investigación de unos asesinatos, que obligará a los dos hombres a encarar facetas insospechadas de sus vidas. Y, mientras tanto, se irán sumergiendo en una turbia tela de araña de corrupción y venta ilegal de armamento nuclear.
En este punto son fundamentales las aportaciones de Diego Peretti y Luis Luque, que logran una sólida química desde su primer encuentro. Además, Szifrón aprovecha muy bien su diversidad física e interpretativa. Así, Peretti arranca las caracajadas del espectador a través de histriónicas payasadas, más cercanas al slapstick clásico de Charlot, el Gordo y el Flaco o los Hermanos Marx; mientras que Luis Luque consigue efectos similares a través de una caracterización sobria y hasta estólida, que recuerda a menudo al estilo de Buster Keaton. Sugerente ideal Quizá la mirada de Szifrón al ser humano padezca alguna leve miopía; pero profundiza mucho más que la inmensa mayoría de los cineastas actuales, y lo hace además con respeto a la inteligencia del espectador, sin astigmatismos ideológicos y sin recurrir a la sal gruesa ni a otras toscas muletas de los directores mediocres. Un descubrimiento, en fin, que confirma la vitalidad del cine argentino y de sus directores más jóvenes; unos directores que, como Szifrón, han convertido el cine en “la lente a través de la que ven, sueñan, imaginan y recuerdan las cosas”, y también en un poderoso instrumento de lucha para “aunar lo cotidiano y lo aventurero”, y reivindicar a través de ese sabroso cóctel “valores tan sencillos como la honestidad, la valentía y el sentido común”.
Jerónimo José Martín
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