que
ha vivido en Europa y África, que vuelve a su país con el
deseo de convertirlo en una tierra libre, abierta y generosa para buscar
en ella la tierra prometida. El suyo es el único lazo familiar
que mantienen, lo que les lleva a una relación especial que se
afianza cuando asisten casualmente a un incidente que tiene como protagonista
a un vagabundo árabe.
Incuestionablemente el filme
indaga de manera inteligente en las consecuencias del terrible y fatídico
11 de septiembre y sobre la mentalidad de los americanos en Estados Unidos,
cuya secuela es imborrable. La película examina el impacto psicológico
que se ha ejercido sobre un amplio abanico de americanos (de activistas,
de jóvenes, de izquierdistas humanitarios a tipos de milicia mentalmente
inestables de la derecha), cuya reflexión depende de juzgarlos
como civiles y no como militares. Asombra pensar cómo Wenders ha
sabido comprender la psicosis americana; psicosis sobre un continente
apenas agresivo, sin cólera, sin un ápice de intolerancia,
pero con afecto.
La genialidad de Wenders radica
en la universalidad de su mensaje humano, y del poder del hombre por sobrevivir
ante tanto horror. Tierra de abundancia es una película extremadamente
hermosa sobre la soledad, los sentimientos y las ganas de vivir en una
sociedad desencantada, donde lo importante no es morir sino saber vivir.
La actitud pedagógica que propone Wenders es muy interesante; pues
no se conforma con una enseñanza a la ligera, sino que profundiza
de manera constante en la herida americana para después ir remendando
poco a poco todas sus llagas. El recordatorio sobre la dignidad de la
persona, la insistencia en permanecer junto al que sufre es la metáfora
que Wenders ofrece al síndrome de la sociedad americana, que aún
no ha superado el brutal atentado.
El optimismo se halla en la
narración propia sobre la catástrofe contada de manera positiva.
Podríamos decir que el filme es un poema sobre la pérdida
de la inocencia. Tal vez por su borroso discurso, la narración
política quede ciertamente desdibujada, pero el guión queda
robustecido por su capacidad de recrear cuadros escénicos admirables
y evidenciar relaciones interpersonales fabulosas, aunque su ritmo sea
en ocasiones inestable. Por otro lado, el entramado melancólico
y familiar (Lana desea encontrar a su tío Paul) deja entrever una
mirada hacia la búsqueda de las relaciones familiares, que quedaron
relegadas al olvido. La sutileza con que Wenders ata esta relación
es una manera de espolear a las sociedades que dejaron de un lado a la
familia por razones que desconocemos, pero que une de nuevo los lazos
afectivos para reencontrar en ellos al familiar perdido, al herido, al
maltratado...
Una hermosa sinfonía
para los sentidos.
José Luis Panero
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