Tierra de abundancia
                                                                                          Por JOSÉ LUIS PANERO



Utilizando las calles del centro de Los Ángeles como fondo, Tierra de abundancia es un conmovedor ensayo, salpicado de humor sobre la América contemporánea. El alemán Wim Wenders (¡Tan lejos, tan cerca!, Cielo sobre Berlín), realiza un retrato de los Estados Unidos a partir de dos perspectivas muy diferentes: a través de los ojos de Paul (John Diehl), un veterano de Vietnam excesivamente patriótico y obsesivo -que vive en un delirio de desconfianza ante el temor a un nuevo atentado, e investiga por su cuenta a todos los árabes que considera sospechosos-, y desde el punto de vista de su sobrina Lana (Michelle Williams), una joven idealista y con creencias religiosas

que ha vivido en Europa y África, que vuelve a su país con el deseo de convertirlo en una tierra libre, abierta y generosa para buscar en ella la tierra prometida. El suyo es el único lazo familiar que mantienen, lo que les lleva a una relación especial que se afianza cuando asisten casualmente a un incidente que tiene como protagonista a un vagabundo árabe.

       Incuestionablemente el filme indaga de manera inteligente en las consecuencias del terrible y fatídico 11 de septiembre y sobre la mentalidad de los americanos en Estados Unidos, cuya secuela es imborrable. La película examina el impacto psicológico que se ha ejercido sobre un amplio abanico de americanos (de activistas, de jóvenes, de izquierdistas humanitarios a tipos de milicia mentalmente inestables de la derecha), cuya reflexión depende de juzgarlos como civiles y no como militares. Asombra pensar cómo Wenders ha sabido comprender la psicosis americana; psicosis sobre un continente apenas agresivo, sin cólera, sin un ápice de intolerancia, pero con afecto.

       La genialidad de Wenders radica en la universalidad de su mensaje humano, y del poder del hombre por sobrevivir ante tanto horror. Tierra de abundancia es una película extremadamente hermosa sobre la soledad, los sentimientos y las ganas de vivir en una sociedad desencantada, donde lo importante no es morir sino saber vivir. La actitud pedagógica que propone Wenders es muy interesante; pues no se conforma con una enseñanza a la ligera, sino que profundiza de manera constante en la herida americana para después ir remendando poco a poco todas sus llagas. El recordatorio sobre la dignidad de la persona, la insistencia en permanecer junto al que sufre es la metáfora que Wenders ofrece al síndrome de la sociedad americana, que aún no ha superado el brutal atentado.

       El optimismo se halla en la narración propia sobre la catástrofe contada de manera positiva. Podríamos decir que el filme es un poema sobre la pérdida de la inocencia. Tal vez por su borroso discurso, la narración política quede ciertamente desdibujada, pero el guión queda robustecido por su capacidad de recrear cuadros escénicos admirables y evidenciar relaciones interpersonales fabulosas, aunque su ritmo sea en ocasiones inestable. Por otro lado, el entramado melancólico y familiar (Lana desea encontrar a su tío Paul) deja entrever una mirada hacia la búsqueda de las relaciones familiares, que quedaron relegadas al olvido. La sutileza con que Wenders ata esta relación es una manera de espolear a las sociedades que dejaron de un lado a la familia por razones que desconocemos, pero que une de nuevo los lazos afectivos para reencontrar en ellos al familiar perdido, al herido, al maltratado...

       Una hermosa sinfonía para los sentidos.

 

José Luis Panero

 

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