También en esta película -que antes se llamaba Un mundo menos peor, creo que bastante mejor título- cuenta una historia argentina. El Cholo regenta una panadería en un pueblo perdido del sur de Argentina, un rincón que sólo revive en la temporada estival, cuando miles de veraneantes se acercan unos días en busca del mar y el sol. El Cholo es querido y respetado por todo el mundo, que ha aceptado que apareciera de repente por allí, sin que nadie supiera quién era ni de dónde venía. De eso hace ya muchos años, y además el Cholo habla poco y trabaja bien, es atento con todo el mundo y hasta tiene un buen amigo, Mario, un insólito y otoñal aprendiz de aviador.
El Cholo -como el protagonista de Un hombre sin pasado, de Aki Kaurismäki, hay que ver qué extraños paralelismos tiende el cine- es una persona sin memoria, sin recuerdos, sin historia. Los dos han sufrido un trauma -un rayo de dolor el finlandés, una tormenta de pesadilla el argentino- que les ha borrado el rastro; no saben quiénes son, no recuerdan lo que han dejado atrás: una vida, un lugar, una mujer. Tras veinte años de silencio y ausencia, por una de esas casualidades sin brújula, la mujer del Cholo encuentra en el horizonte la sombra de la figura que acompañó su juventud. No importan los kilómetros, no importa el tiempo, no importan las heridas de la vida: decidida, parte en su busca, a su encuentro.
Las heridas de la vida no son ninguna tontería: al Cholo le han borrado su pasado; a Isabel, su mujer olvidada, y a Leticia, su hija nunca presentida, les han dejado cicatrices hondas en el cuerpo y en el alma. Al principio, sólo sabemos que llegan al pueblo, exhaustas y todavía desorientadas. Las vamos conociendo, al paso que asientan su voluntad, y a la vez vamos desvelando también el entorno que cobija al desaparecido, el escenario y sus pobladores: Mario y su ilusión aeronáutica; Miguel, el joven maestro de música, ansioso de armonía, pero más aún de cariño; las comadres inquisidoras y armadoras de supuestos desvaríos; las falsas hermanas, funambulistas del cotilleo; el milico retirado, sobreviviente de la vergüenza y el imposible perdón...
El militar no puede olvidar, y siente que sus vecinos tampoco. Y Agresti dice que Argentina entera es incapaz de olvidar. Allí han vivido una fractura de tal magnitud que nada puede acallar, aún, el clamor silencioso de los muertos y los desaparecidos -muertos más dolorosos-, los gritos de los apresados y torturados, el recuerdo insoportable de la violencia, la injusticia, el terror. No es de extrañar que su cine vuelva una y otra vez al mismo drama, con distintas partituras pero con una misma sinfonía dolorosa de fondo. Agresti mira al futuro quizá con optimismo, pero no quiere perder, al contrario que su protagonista, el valor del pasado, el sentido de la historia.
Sus personajes sí que quieren, al final, salvarse, encontrar, a contracorriente, "todo el bien del mundo", o al menos "un mundo menos peor" en el que se pueda volver a empezar, aunque sea cuando todo está a punto de acabar. Quizá Isabel y el Cholo ya lleguen tarde, pero están Leticia y Miguel, que son jóvenes y tienen ilusión, y están Marcelo y Beba, que son unos niños y su memoria está en blanco todavía. Alejandro Agresti, que conduce el relato con emoción creciente, lo remata espléndidamente con esas imágenes que, sin olvidar la historia, dejan paso a la reconciliación. Sus personajes quedan sólo separados por el cristal, frágil y transparente como la propia conciencia cuando se asume la responsabilidad de la verdad. Y a la orilla del mar; un mar que, alguna vez, dejará de vomitar las infamias que le fueron arrojando, y cubrirá la dolorida costa con la delicada espuma del perdón.
|