| Tristram Shandy: Homenaje a la literatura |
Por
JOSÉ MANUEL ESCRIBANO |
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Son películas suyas Go now! -con un maravilloso Robert Carlyle como un enfermo de esclerosis múltiple-, Bienvenido a Sarajevo, I want you -la revelación de una jovencita Rachel Weisz-, Wonderland, El perdón -un insólito western- 24 hours Party people -con Steve Coogan viviendo la noche discotequera del Manchester de los primeros 80-, I this world, Código 46 -una incursión en la ciencia ficción protagonizada por Tim Robbins-, Nueve canciones -aquella deshinibida mezcla de sexo y rocanrol, y -después de Tristram Shandy, que ha tardado en llegar- Camino a Guantánamo -la odisea de tres musulmanes británicos acusados de terrorismo y presos en la ignominiosa cárcel americana-. Toda esta relación es para demostrar, por si hiciera falta, la formidable capacidad de Winterbottom para cambiar de registro en cada película. Por eso no sorprende que se atreviera con la mítica novela inglesa; y que, además, saliera bien del intento. La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy es una cumbre de la narrativa del XVIII, con una influencia decisiva en la literatura de los siglos siguientes; Laurence Sterne puso patas arriba el panorama artístico de su época, renovando e innovando la forma, la estructura, el contenido y hasta la intención de la prosa narrativa. Naturalmente, fue adorado y despreciado a partes iguales por sus coetáneos, dependiendo, supongo, del nivel de inteligencia con el que estaban dotados. ¿Cómo adaptar Tristram Shandy al cine? Pues con mucha dificultad, precisamente por el carácter experimental, bellísimo y muy divertido, pero bastante caótico, de la propia novela. Pero Winterbottom ha sabido encontrar el punto justo para traspasar el espíritu burlón, la audacia narrativa y la chispeante personalidad de los caracteres a una hora y media de cine -¡milagro!- sin desperdicio ni desmayo. En un perfecto paralelismo, como en la obra de Sterne hay literatura dentro de la literatura, novela dentro de la novela, en la de Winterbottom hay cine dentro del cine, una película dentro de la película. Sterne mira a Cervantes y Winterbottom mira a Sterne. El argumento se abre con los protagonistas: Steve Coogan y Rob Brydon son ellos mismos, son dos actores que se preparan para rodar Tristram Shandy. Coogan es Tristram, y, al igual que en la novela, nos cuenta su vida, empezando por el momento de su inmediato nacimiento. Su madre se encuentra en el mismísimo trance de parir, ayudada -es un decir- por su doncella, la comadrona oficial de la comunidad y el famoso doctor Slop, que intervendrá en cuando el fiel Obadiah aparezca con sus herramientas, digo instrumentos. El padre -interpretado por el mismo actor- está en el piso de abajo con su querido hermano Toby, que resultó herido en la guerra y ya no está para nada, excepto para contarlo y revivirlo un millón o dos de veces. Winterbottom intercala sin ningún pudor -con la misma desvergüenza con la que roba la música de Michael Nyman o Ennio Morricone- las escenas del rodaje dentro de la acción contemporánea, con lo que vamos viendo a la vez el desarrollo de la película -la novela de Sterne- y las propias circunstancias de ese rodaje: los celos profesionales de los actores, la vida familiar -es otro decir- del protagonista, los problemas económicos y financieros de los productores... En algún momento nos tememos que la película no va a terminar muy bien, y que nos vamos a quedar sin conocer la historia del bueno de Tristram, de sus ilustres progenitores y del tío Toby; al menos, en una buena parte. Desgraciadamente, alguna de estas preocupaciones acaba por cumplirse. Pero no importa, porque la película se cierra sobre sí misma y nos permite salir del cine con la sonrisa en los labios y la certeza de haber presenciado un auténtico homenaje. A la literatura, al mejor cine y a los espectadores más inteligentes.
José Manuel Escribano
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