| Vicky Cristina Barcelona |
Por Mª JOSÉ SÁNCHEZ LERCHUNDI |
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Al final va a ser verdad que “nadie es profeta en su tierra” y al final, muy al final, vamos a empezar a entender por qué Woody Allen no acaba de encandilar a sus compartiotas. ¿Será tal vez porque cada cual tiene ya su propia película en la cabeza, esa que nunca falla?, ¿tal vez porque cuando nos retratan –a nosotros y a nuestra tierra- no nos gusta como queda?, ¿será porque cualquier rincón y cualquier ciudad, tiene una parte turística tan topicona como odiosa y molesta?... así podríamos seguir preguntándonos hasta el infinito. Pero lo cierto es que con Vicky Cristina Barcelona Allen no yerra (eso, ni hablar) pero tampoco acierta. Para nosotros hay en ella demasiada proximidad. Para la historia en sí, demasiado tópico, demasiada algarabía y también un cierto tufillo a sorna infinita (el “macho ibérico” y la “mujer racial” potenciados a la enésima o, sin ir más lejos, frases como “Yo estoy haciendo un master en identidad catalana”..., que suelta Vicky, y ríe el público a carcajadas). Así que entre un extraño homenaje, un tipismo algo elemental y, como telón de fondo, el rasgueo continuo de la guitarra flamenca, Woody Allen exprime a sus personajes ciertamente imposibles (por increíbles) con igual desparpajo que siempre; y a todos les regala escenas brillantes, momentos de gloria: a la magnífica (y muy ennoviada) Rebecca Hall, que tan impecablemente se llena de dudas y zozobras; y a los protagonistas del triángulo histérico/amoroso Johansson-Cruz-Bardem, en el que –justo es decirlo- Penélope arrolla. Pero al final queda un desconcertante regusto, entre la satisfacción y el mosqueo, que decididamente no sentirán, ni de lejos, los espectadores de la Gran Manzana. Esta vez sí: Woody les ha gustado más. Prodigios de la distancia. Mª José Sánchez Lerchundi
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